Lemuel Gulliver, protagonista de uno de los viajes más fantásticos que ha dado al papel la pluma del ser humano, cumple 300 años.
Escrita por el clérigo británico nacido en Dublín en 1667 Jonathan Swift, la novela, publicada en 1726 como una sátira de la realidad política y social del Reino Unido a principios del siglo dieciocho, ha sobrevivido al tiempo como un cuento infantil.
Quienes no la han leído imaginarán de inmediato, gracias a las adaptaciones de la novela para el cine, la televisión o los libros para niños, el reino de Liliput y el reino de los gigantes de Brobdingnag.
Quizá es menos recordada, salvo por quienes conocen la historia en papel, la visita de Gulliver a otros lugares fantásticos como la tierra volante de Laputa (un ácido sarcasmo sobre los intelectuales que viven aislados de la realidad) o la tierra de los houyhnhnms, dónde unos animales, los caballos, son intelectualmente superiores a los hombres (yahoos).
Malas compañías
La fábula ha tenido una indudable influencia en la cultura popular occidental en sus tres siglos de vida, gracias en parte a sus proyecciones cinematograficas. Fue un cineasta español, Segundo de Chomón, uno de los primeros en adaptar la historia al lenguaje del cine en 1903 con el título Gulliver en el país de los gigantes.
Disney hizo una versión de dibujos animados con el ratón Mickey y también la Rusia soviética adaptó la historia en 1935 a sus coordenadas ideológicas en una película de dibujos animados que se estrenó con el título El nuevo Gulliver.
La historia de un hombre enfrentado a seres diferentes y desde posiciones de poder diferentes (no es lo mismo tratar con un ser diminuto como un insecto que con un gigante para el que tú eres el ser diminuto) siempre ha estimulado la imaginación de los creadores.
Incluso desde el punto de vista de los seres fantásticos observados en la narración. Joaquín Sabina lo hizo con ingenio protestón en una de sus canciones cuando afirma que “un día los enanos se rebelarán contra Gulliver”.

El tema, titulado Gulliver, está incluido en su disco Malas compañías (1980) y pasó un tanto desdapercibido entre otros títulos míticos del repertorio del cantautor jiennense incluidos en este trabajo como Pongamos que hablo de Madrid o Calle Melancolía.
Los embustes de los libros de viajes
Hoy en día la crítica política que contienen muchos pasajes de este fantástico libro de viajes es incomprensible para el lector medio, a merced de las referencias y datos que los historiadores y traductores pueden añadir en cada pie de página.
Pero la novela fue también en su día una crítica a los libros de viajes fantásticos o un tanto exagerados que se publicaban en la época. Lo que me recuerda cierta influencia, al menos en las intenciones, de Miguel de Cervantes y su ingenioso hidalgo de La Mancha, su crítica a los excesivos libros de caballerías.
Cuando Gulliver es rescatado de uno de sus viajes, el capitán del barco, tras oír el relato de sus peripecias le anima a publicarlo al llegar a Inglaterra:
“Mi respuesta fue –dice Gulliver– que en mi opinión ya estábamos más que surtidos de libros de viajes; que nada podía pasar ya que fuera extraordinario, lo cual me hacía desconfiar de algunos autores que tenían menos en cuenta la verdad que su propia vanidad o interés o el divertir a lectores ignorantes”.
Ya casi al final del libro, en el capítulo que dedica a su propósito al publicar esta historia, añade de su propia autoría como Jonathan Swift:
“Desearía con toda el alma que se promulgara una ley obligando a todo viajero, antes de permitirle publicar sus viajes, a prestar juramento ante el Presidente de la Cámara de los Lores de que todo lo que pretende imprimir es, a su leal saber y entender, absolutamente verdadero”.
Y añade: “pues así no se engañaría al mundo como se suele cuando algunos escritores, a fin de que sus obras tengan mejor aceptación entre el público, embaucan al inadvertido lector con los más enormes embuses”.
Adelantando tendencias
Algunas ideas expuestas en el libro no dejan de ser premonitorias de tendencias del futuro, si bien muchas de ellas son absolutamente, a día de hoy, descartables.
Pero es llamativo el aprecio de Jonathan Swift por los animales, en concreto por los caballos o houyhnhnms, a quien llega a considerar superiores a los seres humanos.
Hasta el punto de que coloca al protagonista de sus viajes en la tesitura de no querer siquiera convivir con su mujer e hijos a su regreso a Inglaterra por el asco que le producía la crecanía y el contacto con otros seres humanos como él.
Los yahoos son seres de apariencia humana pero en un estado primitivo que con viven con los caballos. Así, en ese estado primitido, los incluyó Jorge Luis Borges en su relato El informe de Brodie.
Y otra idea llamativa por adelantada a su tiempo, pero incluida en el ralato con toda la mordacidad de la que es capaz el autor, es el de una máquina capaz de crear obras literarias practicamente de la nada.
Cuenta Gulliver su visita a un aula en la que un profesor habla de una máquina que ha inventado: “con su invento el más ignorante podía, a un precio razonable y con un pequeño esfuerzo físico, escribir libros de filosofía, poesía, política, leyes, matemática y teología con la mínima necesidad de ingenio o estudio”.
¿Les suena?
