“Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados amantes de la belleza hasta ahora intacta de París, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés desconocido, en nombre del arte y de la historia francesa amenazados, contra la erección, en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel, que la malicia pública, a menudo impregnada de buen sentido y espíritu de justicia, ha bautizado ya con el nombre de «torre de Babel»”.
Así comenzaba el manifiesto publicado en el periódico parisino Le Temps por una cohorte de artistas y profesionales contra la famosa torre en el mismo año en el que empezaba su construcción, 1887.
Nombres de mucho prestigio respaldaron aquel escrito: el arquitecto Charles Garnier, que lo promovió, el músico Charles Gounod, el escritor Guy de Maupassant o el pintor William Bouguereau, entre otros muchos, que no previeron que la torre acabaría convirtiéndose en icono cultural de Francia.
Años de nuevos cimientos para el arte
No deja de ser llamativa la protesta en aquel momento. Durante los trece años anteriores la Academia de Bellas Artes de París, garante del buen gusto artístico hasta entonces, estaba siendo seriamente cuestionada y sin necesidad de manifiesto alguno.
Las obras de los impresionistas, que habían decidido exponer por su cuenta al margen de la Academia y que iban a cambiar para siempre el mercado del arte, hablaban por sí mismas.
Ahí estaban Monet, Cézanne, Degas, Morisot… Empezaba a circular otra forma de expresión de la realidad, otra manera de mirar hacia ella.

Hoy es más fácil aceptar que la “Dama de hierro” sea considerada una obra de arte, pero hace ciento cincuenta años levantar aquella mole de hierro en mitad de Paris era una abominación, si nos atenemos a lo que sostenía el manifiesto:
“Basta, por lo demás, para darse cuenta de lo que afirmamos, imaginar por un instante una torre vertiginosamente ridícula dominando París como una gigantesca y negra chimenea de fábrica, aplastando con su masa bárbara Notre-Dame, la Sainte-Chapelle, la torre Saint-Jacques, el Louvre, la cúpula de los Inválidos, el Arco de Triunfo, todos nuestros monumentos humillados, todas nuestras arquitecturas empequeñecidas, que desaparecerán en esta alucinante pesadilla”.
El zasca de Eiffel
Un periodista fue a preguntar a Gustave Eiffel qué le parecía todo esto y el ingeniero se sorprendía de que Garnier encabezara el manifiesto a pesar de formar parte de la comisión encargada del proyecto: “no se ha hecho nada sin que él lo haya aprobado; protesta, pues, contra sí mismo”.
También argüía el ingeniero no entender por qué habían decidido manifestarse en contra cuando las obras estaban ya empezadas y no un año antes cuando se conoció el proyecto: “Se la habría admitido en el debate como una opinión cuyo valor se habría examinado. Hoy es inútil; todos nuestros contratos están firmados.”
Y se quejaba con cierta amargura de que juzgaran su obra sobre plano: “Y si mi torre, cuando esté construida, en lugar de ser un horror, fuera algo bello, ¿no lamentarían los artistas haberse lanzado tan pronto y tan ligeramente contra la conservación de un monumento que aún está por construirse? Que esperen, pues, a verla.”
La belleza de la ingeniería
Es fácil imaginar que en aquellos años en los que se había extendido ya el progreso industrial por toda Europa, la visión del hierro, el carbón, los humos y malos olores pudiera ser irreconciliable con el concepto de belleza artística de entonces.
Eiffel, sin embargo, apunta hacia la posibilidad contraria, la posibilidad de que pueda existir belleza también en las obras de ingeniería:
“Les diré todo mi pensamiento y todas mis esperanzas. Yo creo que mi torre será bella. Porque somos ingenieros, ¿se cree que la belleza no nos preocupa en nuestras construcciones y que, al mismo tiempo que hacemos algo sólido y duradero, no procuramos hacerlo elegante? ¿Acaso las verdaderas condiciones de la fuerza no están siempre conformes con las condiciones secretas de la armonía?”
Tal vez hoy se sorprendería al ver que su torre está considerada patrimonio de la humanidad y es uno de los monumentos más visitados del mundo, 6.75 millones de visitantes en 2025, según datos difundidos por la Agencia EFE el pasado enero. Teniendo en cuenta que la entrada individual para subir en ascensor a su punto más alto es de 36 euros, la torre podría ser uno de los monumentos más rentables del mundo.
Aunque tal vez algo sospechaba porque se atrevió a comparar la torre con las pirámides de Egipto, aunque él tan solo había podido imaginarla por entonces y verla solo dibujada en plano; la torre no estaría acabada hasta dos años más tarde.

Manifiesto y respuesta íntegras
Este manifiesto y la respuesta de Gustave Eiffel han sido incluidos hace unos días en el Proyecto Gutenberg, un proyecto sin ánimo de lucro que digitaliza desde hace años obras literarias y las pone a disposición del público gratuitamente.
Caroline Corbasson ha digitalizado el documento. Para ello ha contado con la colaboración de la Biblioteca Nacional de Francia que puso a su disposición las imágenes que reprocucen estos textos, en concreto del periódico Le Rappel, que como Le Temps, también se hizo eco de la polémica.
Pueden leerlo y consultarlo íntegramente en este enlace.
Imagen de cabecera: La torre Eiffel en construcción pintada en 1889 por Paul Louis Delance.
