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Un libro para quienes no tienen vacaciones

Imagen del cuadro de Claude Monet "Impresión, amanecer"

Puede parecer un empeño inutil o incluso una suerte de milagro laico, pero a veces un libro es algo más que una simple resma de cuartillas impresas con palabras. A veces esas palabras actúan como un conjuro sobre el alma, alabeada por la nostalgia o la melancolía, y acaban por mantenerla a flote en medio de la tormenta.

Pero no siempre ocurre así. Hay ocasiones en las que el libro parece un objeto inerte y sin vida, no te dice nada. Los años me han convencido de que es un silencio temporal, que el resorte mágico que ilumina sus páginas se activará en algún momento inesperado.

Por eso conviene tener biblioteca propia y hacer de la relectura un hábito.

Hace más de 25 años que Trasatlántico de Juan José Téllez ocupa un lugar entre mis libros de poesía –pagué por él 1.000 pesetas en la librería Quorum de Cádiz– y ahora quisiera recomendar su lectura a todas esas personas que no pueden tomar vacaciones fuera de casa. Un libro para quienes no tienen vacaciones.

Viejos muelles de Bristol

Trasatlántico hace honor a la aventura y al viaje: “Viejos muelles de Bristol, oid mi corazón amotinado” dice el primer verso del poema Puertos, donde el autor embarca al lector a través de los mitos que conforman las escalas marítimas del mundo.

Nos hace acompañar a personajes que podrían protagonizar una película de cine negro. O transitar lugares y nombres propios de las leyendas que el mar ha dado al mundo: seguimos siendo la isla de San Barandán/y viajamos a lomos de las últimas ballenas”.

Hay muchos versos de amor y desamor: “Sin embargo tu sombra no la cambiaría/por el lienzo más noble que subasten en Sotheby’s” y una insobornable defensa de la libertad como en el poema Yo solo pertenezco a una dama solitaria.

Es constante la reflexión acerca del tiempo y las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida: “pero el rostro que ves detrás de los cristales/no es el del joven que atónito de observa/sino el tuyo, hace años/jurando no volver”.

El viaje soñado

Si han leído libros de aventuras, Trasatlántico les traerá al corazón ecos de Robert L. Stevenson, Joseph Conrad o Jack London.

A mí, además, me recordó a esa maravillosa novela de Juan Marsé titulada El embrujo de Shangai, otro artefacto literario con el que conjurar los pesares y la melancolía a través del viaje soñado, que a veces es mucho más real que en el que se hace deprisa y corriendo en unos pocos días de verano.

No es que pretenda consolar a quienes tienen que quedarse en casa. Quienes conocen el perfil descarnado que a veces adopta la resignación me entenderán. Para ellos va esta recomendación. Un libro que se lee en una tarde, pero se sueña durante muchas noches.

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