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Aquel verano del pintor Lolo Pavón

Imagen de la exposición del pintor Lolo Pavón

A mí la obra del pintor Lolo Pavón que he visto en la exposición Aquel verano me recordó al pintor de las mujeres soles, el cubano José Masiques. Pero esto no es más una apreciación personal y absolutamente subjetiva, más sustentada en el sueño que en la realidad.

Porque no es solo el color y el trazo, que en ambos artistas tienen ese aire común de la modernidad de los ochenta, ese afán por abrir caminos nuevos y sacudirse el polvo de tanta grisura; es también el recuerdo de una época que se fue, aunque aún viva en la memoria de quienes fuimos jóvenes entonces.

También esa forma de dibujar, ese trazo tan grueso como suave de sus cuadros más coloridos, trae a mi forma de comprender el arte reminiscencias de Keith Haring, uno de cuyos murales se conserva en el Barrio Chino de Barcelona, esa otra ciudad de Lolo Pavón.

La insobornable libertad, pese a todo

El pintor estadounidense hizo este mural de forma casi fortuita, de paso por España. Solo puso como condición elegir el sitio, y escogió un muro a cuyos pies se amontonaban las jeringuillas. Decía que le recordaba a los barrios marginales de Nueva York. El mural se titula Todos juntos podemos parar el sida.

“¿Y esto qué tiene que ver con Lolo Pavón?”, se preguntarán ustedes. Pués verán, desde el punto de vista artístico ya comenté que ese trazo de dibujo grueso y suave me parece común en varios creadores de aquellos años. Y esos personajes de caricatura infantil entre cariñosa e irreverente que componían con ellos.

Y el contexto, claro. El contexto nunca es favorable. Tampoco en aquellos ochenta con la plaga de la heroína y el sida haciendo estragos entre los jóvenes, la amenaza nuclear o los asesinatos terroristas todos los días en portada, por recrear un poco el ambiente de la época.

Y ese aire un poco aplastante, más proclive al desánimo y a la desesperanza –al nihilismo habría dicho socarronamente Marcos Mundstock de Les Luthiers, resbalaba sobre la piel de los artistas adscritos a la modernidad.

No creo que no les importase, sino que prefirieron transmitir alegría a través del color y los temas, la lucidez del juego por el juego, la frescura de saberse efímeros y no importar, el desparpajo de quién sabe que no hay mejor arma contra la desesperanza que una sonrisa y una despreocupada ironía.

El legado del pintor Lolo Pavón

Todo eso era Lolo Pavón si nos atenemos a su legado, que conserva su familia desde su muerte hace ahora quince años. Sólo hay que ver los cuadros de esta exposición para hacerse a la idea.

Yo no conocí personalmente a Lolo Pavón. Pero leyendo la cantidad de crónicas que se escribieron hace quince años, viendo los homenajes, retrospectivas y exposiciones de entonces, es fácil deducir que fue una persona querida por quienes compartieron tiempo con él.

Y que merece la pena recordar, como han hecho este año en San Fernando en la Galería ERA, que también incluyó la proyección de las películas que realizó como cineasta, o en estos días la Galería Espacio Uno.

Porque el contexto, sobre todo para los jóvenes, sigue sin ser favorable. Y demanda creaciones y actitudes como las que transmite la obra del pintor y cineasta isleño.

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