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El primer libro de poemas

Imagen de Federico García Lorca

Recuerdo nítidamente el primer libro de poemas que compré en mi vida. Ese momento iniciático cuya imagen, como una fotografía que no envejece, regresa viva a la memoria, disparada con apenas una sutil evocación ajena.

Compré además el libro equivocado. Me arrepentí en un primer momento, pero con los años he sabido apreciar mi error gracias a las bifurcaciones casi borgianas que supuso aquella adquisición.

No sabría decir con exactitud cuál era mi edad entonces. Tampoco si fue un encargo del último curso de la EGB o del primer curso del bachillerato. Deduzco de esta duda que debería tener entonces catorce años más o menos.

Las cubiertas negras

Estudiábamos en clase a Federico García Lorca y el profesor, o la profesora –tampoco lo sé ahora con exactitud– nos recomendó comprar cualquiera de sus libros. Al día siguiente, casi todos en clase aparecieron bien con el Romancero Gitano, bien con el Poema del Cante Jondo en sus manos.

En aquellos primeros años de democracia (si yo tenía 14 años, lo que no puedo asegurarlo, debía ser 1982) Cátedra publicaba, aún lo sigue haciendo ahora, unas bellísimas ediciones de bolsillo, con esas características cubiertas negras, del poeta granadino.

Casi todos mis compañeros se habían hecho con el ejemplar de cátedra, cuyas cubiertas de cartón couché refulgían bajo la luz del aula.

Envidié no haber tenido la perspicacia de comprar uno de aquellos libros.

El libro de poemas de Federico

Ahora, con la edad, cuando hace años que he sido padre, pienso que tal vez no fueran mis compañeros, sino sus padres o madres, quienes se acercaran a la librería a cumplir la tarea escolar. Quien sabe.

Yo le pedí el dinero a mi madre y me acerqué por mi propio pie hasta la librería-papelería (hoy su lugar en la Avenida de Andalucía de Cádiz lo ocupa una tienda de golosinas incrustada entre una farmacia y una tienda de material deportivo), donde nunca antes había entrado solo, sino acompañado por ella, a comprar material escolar.

De modo que aquel acto que pudiera parecer trivial se convirtió, sin yo ser entonces consciente de ello, en la primera vez que compraba un libro yo solo. ¿Sería aquella una intención añadida del profesor? Estaría bien.

Le pedí al librero “un libro de poemas de Federico García Lorca” y el librero solo tenía (era una librería-papelería) ejemplares del Libro de poemas de Federico, en esa edición de puntitos rosados que editaba Espasa Calpe en la colección Austral.

Contrapunto jazzístico

De modo que al día siguiente en clase, en medio de tantas cubiertas negras y refulgentes de dos poemarios cumbre en la carrera de Federico, alzaba yo en mi mano el humilde y sencillo primer libro de poemas que había publicado el autor granadino, sus primeros escarceos con la palabra.

Supongo que contribuí de algún modo al conocimiento del poeta entre mis compañeros dando la nota disonante de no llevar el mismo título que llevaban todos. No lo sé, aunque bien podría imaginarme unas cuantas historias que empezasen desde ahí.

Ahora, sin embargo, me gustaría poder recordar a esos otros “disidentes” que como yo, optaron por los márgenes de la mayoría; saber quiénes eran esos pocos compañeros que llevaron a clase ejemplares ya gastados de su libro de Federico, comprender que habían envejecido previamente en las estanterías de su casa, donde la poesía no era tan solo la recomendación de un maestro.

Me enorgullece conservar todavía ese ejemplar del Libro de poemas, con mi nombre escrito en caligrafía infantil en las páginas de cortesía, el papel amarillo y las cubiertas encogidas en la burbuja de plástico del forro.

Durante muchos años, sobre todo cuando ya ganaba dinero trabajando como periodista, quise comprar el Romancero Gitano y el Poema del cante jondo, pero siempre postergaba la decisión. Hasta que un día lo hice. Y no fueron las ediciones de cátedra, sino ejemplares de la Biblioteca García Lorca, una colección que Alianza editorial empezó a publicar en 1998.

Abril, mes de las letras

Creo sinceramente que mi enquivocación contribuyó a que me interesara más por la obra de García Lorca; a que mi concepción de la poesía sea la que es en estos momentos, cuando hace ya tiempo que traspasé el primer siglo de vida.

Escribo esto un 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, tras haber asistido via youtube al homenaje que poetas y amigos han rendido a Ángel González en el Instituto Cervantes de Madrid.

El primer mes de la primavera es un mes singular para quienes nos dedicamos a las letras. (Recuerdo siempre el hermoso poema que Gregory Corso dedicó a La primavera de Botticelli, para no olvidar que el arte es una fuente común de muchas disciplinas creativas).

Empieza con este Día Mundial de la Poesía y durante todo un mes va bullendo, conforme se eleva el arco del sol, hasta ese día grande dedicado al libro, el 23 de abril, y a Don Miguel de Cervantes, que vino a retratarnos a todos en la locura de los sueños inventados.

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