¡Ah! y esa carrera París-Viena, ¡lo que ha dado que hablar! No hay carrera de esas en que no haya su muerto, o cuando menos su herido. Como los que tienen automóvil son gentes de fortuna, nobles o burgueses, sucede que los anarquistas tienen en la máquina violenta una colaboradora de más de la marca. Ya van varios millonarios muertos por la pasión de la velocidad.
Aquí sí que confunden precipitación con velocidad; y así un Cahan d’Anvers fué lanzado por su auto a la otra vida; y Vanderbilt estuvo el otro día en gran peligro de perder la suya; y muchos otros eminentes automovilistas, aun testas coronadas como el rey de Italia, han pasado por ciertos peligros que el modesto y elegante caballo, y aun mejor el vehículo de San Francisco, no ofrecen a quienes se dedican a ellos.
Se va ensanchando Castilla
No niego que hay su belleza en el automóvil, y que una vez puesto uno en la silla, se va ensanchando Castilla delante del armatoste formidable y no se acuerda uno más de los aplastados, desde el momento en que se siente aplastador.
La gloria de ir como en un vuelo fabuloso, dominando el espacio en un monstruo casi mitológico o bíblico, puesto que ha habido quien crea que Eliseo al dejar su manto lo hizo yéndose en un automóvil avant la lettre; el placer físico de la ligereza, de sentirse liviano como el aire mismo, son cosas innegables, pese a los que, como yo, no pueden ver pasar una máquina de esas sin cierta sublevación de ánimo.
Pero, tal como se usa, es un placer inestético y sucio. Inestético, porque jamás la mejor dion o mercedes, o deschamps, equivaldrá en gracia y elegancia a un soberbio carruaje tirado por tronco más soberbio aún de brillantes caballos; y porque para hacer esas vertiginosas caminatas hay que vestirse de máscara, con inusitados balandranes o capas esquimalescas; y sucio, porque mientras no se rieguen con petróleo todos los caminos del mundo, el que se atreva a correr parejas con el huracán resultará lleno de polvo, negro de tierra, incómodo y feo.
No todos somos el cha
Y luego, es un sport para privilegiados. La más barata máquina cuesta cuatro mil, seis mil, y ocho mil francos. Las hay de cincuenta mil, de cien mil, y no sé si de doscientos mil. Y no todos somos el cha.
Todo sport tiene su encanto, su placer relativo; natación, caza, pesca, remo, duelos a primera sangre, billar, turf, teuf-teuf y compañía.
El placer está en no llegar a la exageración, en no romperse el alma por hacer 101 kilómetros; el no ahogarse por querer pasar el Canal de la Mancha; el no pescar una insolación antes que una trucha, caña en mano. El ejercicio y la distracción hacen más amable la vida con tal de que ésta no se exponga inútilmente.
Si el perilustre Mr. Vanderbilt, conocido del payo Roqué, me dijese.—«Voy a regalar a usted un automóvil, y va usted a hacer 103 por hora», yo le contestaría:—«Muchas gracias, Mr. Vanderbilt, J’aime mieux ma mie ô gue! J’aime mieux ma mie!»
Noticia del texto
Este texto del escritor Rubén Darío se publicó en 1902 en La caravana pasa, uno de los libros que reunieron las crónicas que el poeta escribió para el periódico La Nación de Buenos Aires durante su estancia en Europa en los años del cambio de siglo.
El autor nicaragüense da cuenta en la que reproducimos del nuevo avance tecnológico que causaba asombro en el mundo, el automóvil, de su belleza y de sus peligros e inconvenientes, como suele suceder cada vez que algo nuevo y sorprendente se hace realidad.
La obra de Ruben Darío pertenece al dominio público.
El dibujo que ilustra el texto fue realizado en 1905 por el artista norteamericano William Henry Walker.
