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Miguel Angel Valencia: “Sobrevivimos. Me parece alucinante”

Imagen de Miguel Angel Valencia ante dos de sus obras

Miguel Angel Valencia (Soria, 1952) es gaditano aunque las credenciales oficiales digan que nació en otro lugar. De hecho, empezó a correr por las calles de la ciudad mucho antes de tener uso de razón. Y aquí sigue, jubilado ya de su trabajo docente, pero aún creando.

Porque un artista no se jubila jamás. Así está escrito en una de las vigas del techo de su taller: “El arte es una forma de vida y como tal no tiene fin. No hay jubilación para un artista”.

Cualquier periodista que quiera entrevistarle sabrá de antemano, si le conoce un poco o le intuye algo la personalidad, que la conversación será larga y entretenida, por la contrastada facundia del protagonista y por conservar en su memoria un interesante archivo particular de la historia del arte de la provincia de Cádiz.

La intención de esta es solo dejar constancia documental de algunos aspectos de la personalidad de Miguel Angel Valencia, de cómo ve él su obra y su forma de crear y, de paso, recoger algunas de sus impresiones sobre la actividad artística, en sus comienzos y ahora.

La magia del Museo del Prado

Miguel Angel, o Miguelo como le conocen los amigos, lleva más de medio siglo creando obras de arte. “El único sobresaliente que tuve en bachillerato fue en dibujo”, recuerda. En esos años se presentó a un concurso artístico del que selleccionaron a dos alumnos, él y Enrique Naya, famoso años después como integrante del grupo artístico Las Costus.

Quiso leer entonces aquellas señales que le llamaban a tirar por el camino de la creación artística. Tuvo que dejar el instituto porque sus notas le obligaban a repetir curso y en San Felipe Neri no admitían repetidores.

Sus padres le enviaron entonces a un internado del ejército en Madrid, y en contra del tópico, “llegué a ese internado y fui el más feliz del mundo”, por estar el Madrid y poder ir todos los sábados al Museo del Prado: “allí había un mundo que era absolutamente mágico”.

Estudió Filosofía y Letras e Historia del Arte, además de Bellas Artes en Sevilla.

Enseñar y crear en libertad

Hizo un año de prácticas en el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla: “fue fantástico poder tocar una exposición del grupo El Paso que me ha encantado siempre. Saura. Millares es uno de mis ídolos”, afirma.

Después comenzó a dar clases y a compaginar la actividad docente con la creación artística, lo que le proporcionó absoluta libertad creativa al no depender económicamente del carácter volátil del mercado del arte.

En 1982 y 1984 realizó sus dos primeras exposiciones individuales. Si tomamos la primera como referencia, la carrera artística de Miguel Angel Valencia ha cumplido 44 años en este 2026.

Pero el trabajo de un artista empieza mucho antes de su primera manifestación pública y discurre en paralelo a la enseñanza, al igual que otros compañeros que cita como Lita Mora o Candi Garbarino.

Una medusa ochentera

De sus comienzos recuerda “experimentar mucho por influencia de lo que vas viendo” y empezar a detectar y comprender los límites. Aunque en un principio se veía como un artista figurativo, comprendió que sus cualidades le llevaban por otro camino: “No tenía un trazo increible para un dibujo, tenía un trazo normal”, apunta.

“Me veía mucho más satisfecho”, explica, expresando ideas con la manipulación de diferentes materiales.

Al preguntarle por la primera obra que consideró acabada señala una que guarda aún en su casa, una cabeza de maniquí con unos tenedores clavados alrededor y que representa a la figura mitológica de Medusa.

La obra, que originariamente se creó para una representacion teatral en Cádiz, acabó expuesta en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla con un considerable impacto. Su profesor Enrique Valdivieso le preguntaba en ocasiones si la conservaba aún y le manifestaba su deseo de habérsela quedado en propiedad.

Un arte lleno de posibilidades en un mercado a la baja

De aquellos comienzos al presente Valencia destaca “las posibilidades tremendas” que hoy tienen quienes quieren dedicarse al arte “y que no las teníamos”. “Aún así sobrevivimos – añade–. Me parece alucinante”.

Esta abundancia de recursos tiene su correlato en un aumento de la calidad de las creaciones. Sin embargo, no parecen animar el mercado artístico en la provincia de Cádiz, en el que “estamos a la baja”, dice. Lo que llama la atención porque el público, apunta, sí asiste a las exposiciones que se organizan.

De esta calidad cita por ejemplo a la artista jerezana Ana Barriga, reconocida a nivel internacional por su obra: “absolutamente personal y magnífica y con un lenguaje superfuerte y reflexivo” , aunque lamenta que los artistas, a excepción quizá de Hernán Cortés, no sean conocidos por el público que no se dedica al arte.

Algo parecido piensa que sucede con instituciones como la Fundación Montenmedio Contemporánea, que él se propuso que fuese conocida por sus estudiantes: “El arte hay que presenciarlo y hay que vivirlo, el arte no se ve en un aula”.

“Hay demasiada teoría”

A propósito de esa “desconexión” con el público en general, pregunto si puede deberse al lenguaje un tanto críptico o arcano que se utiliza en las crónicas o en los documentos de difusión de las exposiciones:

“Veo demasiados papeles escritos; es decir, hay demasiada justificación de lo que se hace. Parece que si no hay una justificación aquello no tiene sentido. Hay demasiada teoría”, explica.

“La obra tiene que captarte, tienes que profundizar en ella y si no, pues nada, te vas a otra. No todo te tiene por qué seducir de la misma forma”.

Un retrato de Camarón de la Isla como ejemplo

Al explicar su proceso creativo, Miguel Angel Valencia dice que es una obra “que nace del propio pensamiento como necesidad de expresar algo que intento con los materiales al alcance”.

Valencia comienza a trabajar con una invitación a participar o intervenir, surge la idea y empieza a buscar la forma en que esta idea pueda convertirse en algo material, visible y comprensible por el público.

Pone como ejemplo la elaboración de un retrato de Camarón de la Isla con la que participó en la exposición colectiva “Camarón cumple 50 años” celebrada en la Diputación provincial de Cádiz en 2000 (ver vídeo a continuación).

Aunque no le gusta etiquetarse, sino estar abierto a cualquier posibiliad creativa, admite que lo que hace puede encuadrarse en lo que se conoce como arte conceptual: “Sí, me gusta mucho el materializar una idea y que esa idea llegue a esa materialización absolutamente perfecta y sin ningún tipo de duda”.

“El mercado nunca me ha preocupado mucho”

Trabaja con diferentes técnicas de grabado y este año con la imagen en movimiento, con la que está preparando su próxima exposición.

Es difícil, reconoce, vender las obras que concibe y crea, pero no le importa demasiado:

“A mí el mercado nunca me ha preocupado mucho porque no lo he necesitado para sobrevivir”, gracias a su trabajo como docente.

Pero “eso no quiere decir que no se hayan vendido cosas; se han vendido, pero pocas. Han sido más bien compras institucionales de piezas para colección que de piezas a nivel privado”.

Miguel Angel Valencia: “Me siento muy apreciado”

Dice que le ha ido bien en toda su carrera siguiendo estos presupuestos, pero al preguntarle qué le contaba sobre ello a sus alumnos responde que “a mis alumnos de lo que yo hacía casi no les hablaba”.

“Yo les hablaba – explica – del arte como una forma de ellos descubrir cosas que luego van a encontrar en la propia vida; no es que supieran mucho del Renacimiento, supieran mucho del Barroco, sino que aquello les diera una visión de un mundo que existe y que ellos pueden penetrar”.

Enemigo de rencillas y envidias entre compañeros, cree que un artista debe respetar la trayectoria y elecciones de los colegas:

“Creo que he tenido suerte porque lo que yo hago no creo que nadie lo envidie, y sin embargo, me siento muy apreciado”.

Y tan feliz: “Nunca he dejado de trabajar ni creo que deje de trabajar; siempre hay una idea”.

Fotos ©: Cortesía de Miguel Angel Valencia.


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