Para ser columnista hay que saber llevar sombrero. Lo intento (ser columnista, nada me impide publicar aquí lo que me apetezca), pero no me sale la morcilla de González-Ruano. Y creo que es por este motivo, porque no sé llevar sombrero.
Pero voy a insistir en ello, más que nada porque el médico me lo ha recomendado (llevar sombrero, no escribir columnas), sobre todo los días de sol, y ya sabe usted que no hay mejor abrigo ni mejor sombra que la que lleva uno puesta sobre su cabeza.
Los personajes de las películas que veía de niño (y también ahora) lo llevaban siempre, el de ala ancha en los duelos del Oeste americano, por ejemplo; los sombreros cordobeses de Bienvenido Mr. Marshall; el sombrero de Bogart en el aeropuerto de Casablanca o en Ser o no ser; o hasta la gorra de plato de Jack Lemmon en Escala en Hawai y el británico hongo de Oliver y Hardy.
El sombrero, vistos los ejemplos, requiere cierta dignidad porque tiene algo de corona cívica o ciudadana. No se entiende que pretenda llevarlo alguien como yo, sin saber antes lo que significa. Esta columna es, de hecho, un acto preparatorio.
A mi me hubiera gustado, más que un elogio del sombrero, hacer un elogio de la sombra, ese lugar tan agradable en los veranos de la infancia.
Hay que agradecerle al progreso tecnológico y económico que los aparatos de aire acondicionado dejen más sitio libre en los espacios de sombra. Pero no se puede obviar que contaminan y gastan mucho más que una buena umbría. Y hacen más ruido.
Junichiro Tanizaki, uno de los grandes autores de la literatura japonesa, llego a escribir todo un ensayo dedicado que tituló así, Elogio de la sombra, en el que se lamentaba de que la irrupción de la luz eléctrica estaba cambiando la arquitectura interior de las casas japonesas, su delicado juego de luces y sombras, su equilibrio de silencio. Su perfecta adaptación a la naturaleza que las rodea, diría yo.
Estamos sobreexpuestos a la luz. Físicamente, como indica el aumento de un cuarenta por ciento de los casos de cáncer de piel entre 2019 y 2023. Y también mentalmente, cuando estamos a todas horas regalando nuestra atención a las redes sociales.
Yo estoy aprendiendo a llevar sombrero. Y a escribir columnas.
