Derrotismo. Escepticismo. Pesimismo. Machismo. Fanatismo. Egoísmo. Habrá quien defienda que hay creatividad en la tristeza y la desesperación, como no. Pero también se conjugan con el ismo cotidiano palabras como optimismo, altruismo, ecologismo, idealismo o humanitarismo. La creatividad de la alegría.
El espíritu creador, alegre y desenfadado, sin cadenas ni límites a la imaginación, innovador y rebelde, quizá sea el mejor legado que se mantiene de ese movimiento creativo que fue el surrealismo.
Precedido en el tiempo por el dadaísmo de Hugo Ball y Tristan Tzara, André Bretón fue su apóstol y su Papa, creador de los dos manifiestos que definen al movimiento. Del primero de ellos se cumplen este 2024 cien años.
Cabe preguntarse si, transcurrido un siglo, todo lo que dió y significó el surrealismo no ha sido más que material para libros de historia, o si queda algo más, algo que forme parte de nuestro ismo cotidiano, del ismo creador de los escritores, los pintores, los artistas.
Cádiz y el surrealismo
Esto de los ismos, de los que hago aquí bandera cotidiana, suena a texto de libro escolar y a documental de La 2. Tal vez haya quien piense que nos pilla muy lejos, como si Cádiz no hubiera estado nunca en el meollo de todas las pomadas.
La del surrealismo tuvo también representación gaditana, ilustre y perenne, sobre todo en dos artistas olímpicos: Rafael Alberti y Carlos Edmundo de Ory.
“En sentido estricto, y atendiendo a toda la provincia, habría que citar dos nombres fundamentales. En primer lugar, a Rafael Alberti, que es testigo de la explosión surrealista y se deja seducir por sus efluvios en Sobre los ángeles (1929), incorporando de manera natural el factor “surreal” a su obra desde entonces”, afirma Nieves Vázquez, profesora de Literatura Española de la Universidad de Cádiz.
Y “en segundo lugar, Carlos Edmundo de Ory, fundador en 1945 del postismo junto con Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi. El postismo es uno de esos ismos, de esas vanguardias de clara influencia surrealista, de vida corta. En el caso de Ory, ya muerto el postismo como tal, el componente surreal, lúdico e inconformista será un elemento definidor de toda su escritura”, sostiene.
El pintor y galerista Alfonso Arenas, apunta también algunos nombres en el campo de las artes plásticas: “podría nombrar a Manuel Virella, ya fallecido, y hoy día algunas obras de Juan Ángel González de la Calle que podrían entrar también en la categoría de realismo mágico” .
La actitud pervive
Ricardo Olivera, artista y creador de comics que firma como Fritz no se aventura a dar nombres aunque hace un análisis de su propia obra: “No recuerdo en este momento ningún artista gaditano al que calificaría de surrealista (…). Tampoco diría que soy un experto en surrealismo, aunque en mi trabajo me gusta explorar el mundo onírico, y aplico a veces el automatismo como método creativo. No sé si eso me convierte en surrealista. Prefiero que eso lo juzguen los demás.”
La publicación del Manifiesto Surrealista de Breton en 1924 y las obras artisticas que se sucedieron desde entonces pretendían ser creaciones rompedoras con los convencionalismos de lo entonces artística y políticamente correcto. Pero tal vez hoy en día ya casi nadie se sorprenda de nada, sin que esto signifique adocenamiento o indiferencia.

Es la tesis que defiende el escritor y biógrafo de Bretón, Mark Polizzotti, en el libro ¿Por qué el surrealismo importa? publicado este enero por la Universidad de Yale y del que la web literaria Lit Hub reproduce un extracto.
“La importancia del surrealismo descansa no tanto en las obras que produjo sino en la actitud que subyace en él”, defiende el autor norteamericano.
Y recuerda que las circunstancias en las que nació aquel movimiento son muy parecidas a las que vivimos hoy: “espoleado por la carnicería de la primera guerra mundial, alimentado por la inquietud política y social que siguió en toda Europa y afligido por la pandemia de la gripe española de 1918-20”.
Polizzotti llega a afirmar que hoy día ese espíritu está en todos lados: “El imaginario surrealista se ha vuelto tan extendido que no se desvanece en el paisaje, se ha vuelto el paisaje mismo”.
Componente natural de la cultura
Le pregunté a Nieves Vázquez sobre su vigencia y apuntó algunas ideas en este sentido: “El surrealismo se ha incorporado, en algunas de sus intuiciones más que en su práctica, como un componente natural de los procesos y fenómenos culturales; se puede considerar una categoría asimilada por la sociedad contemporánea. Al margen de presupuestos concretos en relación con el «hacer» del artista —la escritura automática, por ejemplo—, la certeza de que lo onírico, el subconsciente —en deuda con las teorías freudianas— y lo irracional son vectores que determinan la creación y la vida misma, constituye un hallazgo de total vigencia”.
La profesora gaditana destaca algunos nombres que han defendido a lo largo del tiempo la vigencia del movimiento:
“En 1949 Julio Cortázar describía “el vasto experimento surrealista” como “la más alta empresa del hombre contemporáneo” (revista Realidad); sin llegar a ese extremo, ha de juzgarse como un movimiento fundamental, la más fértil de las vanguardias. Y habría que valorarlo más en lo que tenía de búsqueda que de conquista, no como “un estado, sino como un movimiento, un deseo”, como señalara Jean Jacques Mayoux. La tensión utópica del surrealismo, que está en deuda con el cambiar la vida de Rimbaud, generó brotes y rebrotes de vanguardias influidas por él después de 1924, trascendiendo lo puramente estético, pues desde el comienzo el movimiento había adoptado una actitud política revolucionaria, no falta de vicisitudes. Así, su luz se intuye en el Mayo del 68 y llega hasta hoy”.
Moebius y otros herederos
También Ricardo Olivera Fritz ve que se mantiene cierto poso de aquello: “tengo la sensación de que en estos tiempos, la principal tendencia en las artes es beber un poco de todo. Aparte del uso habitual de la tecnología, claro. Estamos en el “todo vale”, y eso incluye al surrealismo, supongo. El uso de la fantasía y lo onírico es una constante en muchos artistas de todo tipo, y eso me parece una clara herencia del surrealismo, aunque es posible que en muchos casos se queden en lo superficial”.
Y también ha observado indicios en su propio campo de trabajo: “En el terreno que más me incumbe, que es el del cómic y la ilustración, en los años 60 y 70 surgió una tendencia que tenía mucho que ver con el surrealismo. Pienso en artistas como Moebius, Fred, Phillippe Caza, Nicole Claveloux y otros que conectaban con la corriente psicodélica del momento. Y creo que esa tendencia no ha desaparecido del todo hoy día”.

En el campo de las artes plásticas, sin embargo, no opina del mismo modo Alfonso Arenas: “Cuando era adolescente, ya interesado en el arte, el surrealismo me gustaba muchísimo; en los cuadros de Magritte, Max Ernst, Dalí, Delvaux.. encontraba mundos oníricos, fantásticos, las paradojas y sobre todo la pintura casi siempre figurativa (a excepción de Miró o Tanguy). Esa admiración adolescente hizo que uno de mis primeros cuadros fuera una copia de una pintura de una autora no demasiado conocida, Leonor Fini, (la gardienne des phenix). Con el paso de los años mi gusto por el surrealismo decayó mucho hasta llegar al desinterés.”
El antes y el después
Y añade que “es un movimiento que en su momento (años 20 y 30) supuso (por los grandes artistas antedichos, no solo en la pintura, también en el cine, literatura, fotografía …) una gran conmoción. La deriva del surrealismo en las décadas sucesivas fue de una decadencia que acabaría en algo rayano al kitsch. No creo que hoy día ese movimiento tenga seguidores de primer nivel.”
Hasta la misma palabra, pues igual que definimos como “dantesco” a una situación que nos horroriza (curioso que no haya hoy paraísos dantescos, aunque el florentino escribiera bastante de él), definimos como “surrealista” a cualquier otra que nos parezca fuera de lo normal.
Alguna duda sin resolver y otras maravillas
La curiosidad me plantea preguntas que no voy a resolver aquí, porque excedería los límites de lo que debe ser una crónica. Por ejemplo, me resulta muy curioso que el Ulysses de James Joyce se publicara en París cuatro años antes del manifiesto bretoniano.
Es una novela que expone (Joyce lo hace con bastante acierto) por primera vez de manera extensa y abierta el flujo mental de su protagonista. El monólogo interior es anterior a Bretón pero, ¿tuvo alguna influencia en el surrealismo? ¿Es el Ulysses surrealista?.
Otras maravillosas consecuencias del movimiento, aunque no siguieran exactamente los postulados de este, pero que aún están vivas, son el Taller de Literatura Potencial (Oulipo) creado en Francia por el novelista Raymond Quenau y el ingeniero François Le Lionnais, y del que formó parte el no menos maravilloso George Perec.
O el Colegio de Patafísica creado por el irreverente Alfred Jarry, cuyo personaje Ubu sigue siendo tan cotidianamente surrealista como siempre lo fue.
Y así hasta hoy. Si usted se fija con detalle en las películas, obras de arte, la música (el jazz por ejemplo) o los libros que más le gustan es muy posible que encuentre en ellos trazas de esa forma de crear que caracteriza a la cultura contemporánea.
