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Respira

Imagen de La cara oculta de la luna

Respira es el título del primer tema de La cara oculta de la luna de Pink Floyd, uno de los discos más legendarios de la historia del rock, que cumple cincuenta años. Una diminuta introducción, casi una simple llamada de atención de que algo grande va a empezar, titulada Háblame, le precede.

Parece que fue ayer. Párate y piensa, me digo. Respira, dice Roger Waters, el autor de sus letras, porque por mucho que corras, por muy alto que vueles, todo lo que toques, todo lo que veas eso es lo que será tu vida. Respira.

Los discos son legendarios cuando tienen la virtud de perpetuarse en el tiempo, de seguir siendo actuales cuando quienes éramos aún imberbes cuando se publicaron venimos peinando canas desde hace ya algunos años.

Basta escuchar atentamente las letras de las canciones. Podría decirse que fueron unos visionarios. O mejor, que las situaciones que describen no han cambiado. Tal vez porque Waters escribió sobre los aspectos del alma del ser humano que más tratamos de ocultar o proteger frente a un mundo que empezaba a coger una velocidad de cambio nunca vista antes.

Son letras que aún respiran. Yo también he pasado de los cincuenta. Escucho ahora las canciones del entonces elepé y lo que dicen vale tanto ahora como cuando las oí por primera vez.

A la fuga

El disco me ha hecho recordar una de las discusiones que teníamos aquellos años: si preferíamos la música solo instrumental o con letra cantada. Había discos de uno y otro tipo. La cara oculta de la luna mezcla ambas. Hay piezas instrumentales que actúan como transiciones entre los temas vocales. No hay silencio interpuesto.

De repente estás escuchando Respira y llega Tiempo sin advertir que por medio hay un instrumental, A la fuga.

Había en estos discos de los setenta una unidad temática, una expresión de conjunto en el que no solo se entrelazaba la música, sino también el sentido. Lo que se conoce como un álbum conceptual, concebido como una unidad en su conjunto.

Pero aunque no hay silencio, hay ruptura. Tras la cadencia melosa de Respira, los acordes iniciales de A la fuga parecen extraidos de una versión acelerada de la banda sonora de Blade Runner, la película de culto de Ridley Scott, que se vería en las pantallas nueve años más tarde.

Vangelis, todo un icono de la música instrumental, compuso la banda sonora de ese largometraje que ha sobrevivido también a modas y futuros previstos.

Era todo muy futurista entonces. Mucha música que pretendía anticipar el futuro. Unos se quedaban en los efectos y otros, tal vez sin quererlo, profundizaron algo más. Este disco, con su aproximación a las causas y efectos de los problemas de salud mental, fue uno de ellos.

Imagen del grupo musical Pink Floyd
Pink Floyd, Earls Court 1973. Foto: Tim Duncan (cc by)

Tiempo

Este tema empieza con una melodía de relojes y despertadores. Un tick-tock de fondo. Entonces te das cuenta de que estás en otro sitio, que hace ya un rato que acabó Respira.

Hace medio siglo se oía la música de otra manera. Quién podía tenía un tocadiscos y la pieza clave de la máquina era la aguja de diamante, que transmite los sonidos del microsurco hacia los altavoces. Había que cambiarla cada cierto tiempo. Recuerdo cómo, quienes tenían la suerte de tener un tocadiscos de calidad, limpiaban con un cuidado casi místico la superficie de los elepés para que ni un microgramo de polvo, ni una pelusa, alterara el sonido.

O la condición física de la aguja.

Un diminuto obstáculo que la hiciera saltar y la consecuencia fatal eran unos arañazos en la superficie del vinilo, a veces irreparables, que producían unos inevitables saltos en la continuidad de la música.

Esta era una canción sobre el paso del tiempo y la dificultad de encontrar el camino adecuado, sobre correr dando vueltas y vueltas (así giraban los discos) para reencontrarte en el mismo sitio y advertir que “el sol es el mismo pero tú eres más viejo”, escribió Roger Waters, “con menos aliento y un día más cerca de la muerte”.

El gran bolo en el cielo

Había algo sagrado en el hecho de disfrutar de un disco. O tal vez sea exagerado y era simplemente el ritual: sacarlo de su funda, limpiarlo, levantar la tapa del tocata, levantar el brazo de la aguja, ensartar el elepe en la guía, encender el arranque, colocar con delicadeza la aguja sobre el primer microsurco, bajar la tapa… Rituales que han desaparecido con el play, que ya existía en los radiocasetes.

No te podías desentender del todo, el flujo musical no era continuo, algo que no llegaría hasta la introducción de los reproductores de cedés. Cuando la aguja llegaba al final, había que darle la vuelta al vinilo. O a la casete.

Por lo general, los jóvenes de entonces escuchábamos música con unos radiocasetes portátiles. Introducías una cinta magnética, enrollada en una carcasa de plástico prefabricada (los famosos casetes), y oías lo que allí estaba grabado.

También sin interrupciones como en el elepé. Como en este tema. El mismo truco. No hay silencio, no hay espacio en blanco. El disco completo parece una sinfonía ininterrumpida, un continuo sucederse de sonidos enlazados con una maestría hipnótica.

El gran bolo en el cielo destaca por la melodía vocal de Clare Torry, que recuerda a la intensidad de las canciones de Janes Joplin. Torry llegó al estudio por sugerencia del ingeniero de sonido, Alan Parsons (otro viejo conocido de la música de los ochenta).

Es una canción instrumental sobre morir, le dijo Waters y Clare improvisó. Primero con algunas palabras y no gustó, luego con la voz como un instrumento más. Y lo clavó.

Esta que está en su canal de youtube, más vivo que nunca en este 2023, anuncio de documental sobre el disco incluido, se grabó en 1994.

Versión de 1994 de El gran bolo del cielo

Dinero

Para escuchar esta canción había que darle la vuelta al elepé, que tenía dos caras, o a la cinta, que también las tenía. Era la primera de la Cara B.

Sonido caja registradora. Riff de bajo inolvidable. Money fue uno de los dos singles que se publicaron, además de Nosotros y ellos. En aquellos años los lanzamientos de los elepés (LP, Long Play, larga duración, que los tocadiscos reproducían a 33 rpm) eran precedidos de unos discos más pequeños, los sencillos o singles (que los tocadiscos reproducían a 45 rpm), con las canciones más impactantes (o no, a veces) del nuevo trabajo de cada grupo.

Money, Dinero, es una de las más famosas. Comienza con el sonido de una caja registradora al abrirse y cerrarse. El dinero de las monedas lo consiguió Waters con su grabadora personal en la caseta de aperos del jardín, usando un reipiente metálico que su mujer empleaba para mezclar arcilla. El sonido metálico de los pennies y de los quids repicando en el bol.

La letra no puede ser más reveladora de los tiempos. Habla del nivel de vida que uno se puede permitir con el dinero, por ejemplo comprar un equipo de fútbol (algo muy británico y hoy muy árabe también), de cómo es considerado la raíz de todo mal…

Lo cierto es que este disco hizo a los miembros del grupo millonarios. Capitalistas, decía Roger Waters. Es uno de los más vendidos de la historia de la música. Debe andar ya por los cincuenta millones de copias, y uno de los que más tiempo ha estado en las listas de canciones más escuchadas de la revista estadounidense Billboard.

Money.

Nosotros y ellos

Este fue el segundo single. ¿Quienes son ellos y quienes nosotros? Aparece ya de manera clara el asunto sobre el que gira buena parte del disco, la salud mental: “¿Y quién sabe qué es qué y quién es quién?” o ¿No has oído que es una batalla de palabras?”.

La cara oculta de la luna, el título, no se refiere al satélite terrestre, se refiere a eso, al lado oscuro que hay en la mente de cada persona. Aparecerá luego en otro de los temas que habla expresamente de Syd Barret.

Fue uno de los miembros originales de Pink Floyd y había salido del grupo en 1968 entre rumores de problemas de salud mental. Fue el primer letrista y su figura principal hasta entonces. Barret, artista plástico antes que músico, publicó luego dos elepés en solitario y en 1972, un año antes de salir a la venta La cara oculta de la luna, dejó la industria musical y se encerró en su vida privada, dedicándose a pintar hasta que murió en 2006.

Cualquier color que te guste

Sin solución de continuidad de nuevo. No hay silencios entre canción y canción. Sútil variación melódica y rítmica, hipnosis de la música de Pink Floyd.

Hipgnosis se llamaba el estudio de diseño que elaboró la famosa portada del disco: en medio de la oscuridad, un prisma de cristal refracta en un arcoiris de color un rayo de luz blanca. Esta primavera un documental recuerda la historia del famoso estudio londinense de diseño gráfico que tantas portadas míticas realizó. Hay quien las tiene enmarcadas en casa.

El título de la canción versaría , paradójicamente, sobre la imposibilidad de elegir. Aunque el letrista del grupo no intervino en su creación, en una entrevista contó que la frase la pregonaba a viva voz un vendedor ambulante de juegos de té, todos de color azul. A pesar de ello, repetía una y otra vez el pregón aprendido: Cualquier color que te guste”.

Tan paranóico y absurdo como real y verosímil. Con los años, creo, conviene aprender a obviar estas paradojas y a aceptar que hay asuntos que no tienen explicación. El siempre socorrido Vámonos que nos vamos. Pasa página y sigue adelante.

Imagen de Pink Floyd
Mural alusivo al grupo desplegado en Sarajevo en 1992 y 1993. Foto: Christian Maréchal (cc by 3.0)

Daño cerebral

La canción más explícita sobre enfermedad mental del disco. “El lunático está en el cesped”, comienza. El lunático es Syd Barret, fundador del grupo que, cuando se grababa esta canción en los míticos estudios de Abbey Road en Londres, acababa de retirarse de la industria musical.

“El lunático era Syd, cierto. Obviamente él estaba en mi cabeza”, explicó Waters a la revista Classic Rock. “The lunatic is in my head” repite la canción.

Hay versos en la pieza que explican algunos comportamientos significativos de Barret dentro del grupo, como cuando en el escenario tocaba un tema diferente al que interpretaban en ese momento los demás.

“Tu cerraste la puerta y arrojaste lejos la llave. Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo” lamenta la canción. Y al final, una frase para la leyenda: “Te veré en el lado oscuro de la luna”.

En una entrevista con el periodista Jim Harris publicada en la revista Rolling Stone al cumplirse treinta años del lanzamiento del disco, Roger Waters explicaba el contexto del disco:

“Syd había sido la fuerza creativa principal del grupo en sus comienzos y verlo sucumbir a la esquizofrenia fue un enorme golpe. Cuando ves que algo así le ocurre a alguien que ha sido un amigo muy cercano y observas tu propia vida, comprendes cuanto hay de efímero en tu sensibilidad y en tu capacidad mental”.

Eclipse

El disco se cierra con esta canción, que parece una continuación del tema anterior. Una pequeña letanía sobre lo que da forma a la vida de una persona “Todo eso que tocas, todo eso que ves, todo eso que saboreas…”, todo el presente, el pasado y el futuro, está en sintonía bajo el sol, “Pero el sol es eclipsado por la luna”, acaba la canción con este verso que es casi como un portazo.

La cara oculta de la luna, al exponer de forma clara y sencilla las presiones a las que están sometidos los seres humanos en el mundo moderno, acaba por sugerir preguntas, que pueden ser inquietantes, sobre la enfermedad mental y a reflexionar sobre nuestra propia existencia.

Y no es nada común que un disco que gire en torno a un asunto tan complejo y sensible haya atraido durante su medio siglo de vida a tantos millones de personas.

Un detalle revelador de esta afirmación es que un grupo de psiquiatras de la Universidad de Cambridge eligieron el título del disco para un seminario que trató hace unos años sobre las relaciones entre el arte y la salud mental. El curso analizó la vida y obra de autores como Sylvia Plath o Vincent Van Gogh y creaciones como el tango argentino o los relatos de Poe.

No trataron, al menos no directamente, de los contenidos del elepé. Pero el disco sigue comunicando con fuerza a sus cincuenta años lo que siempre quiso contar.

2 comentarios en «Respira»

  1. Excelente artículo, Santiago. Las verdaderas obras de arte son atemporales. Pink Floyd siempre me ha acompañado por los devenires de mi vida, desde el primer LP que compré con catorce años hasta hoy, casi cinco décadas han pasado y todo es cruelmente actual y real.
    Sin duda, la influencia de Barret perduró más allá de sus años en activo. En el LP Wish you were here se hace también notoria su estela…
    Muchos nos preguntamos cómo habría sido la evolución del grupo si Syd hubiera seguido activo. La huella que dejó Gilmour marcó un rumbo diferente en la evolución del grupo. Esos riffs de guitarra marcaron una época y muchas generaciones.
    Gracias por tu magnífico estudio de ese inolvidable Dark side of the Moon.
    Abrazo

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