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Retrato de Joseph Conrad por Ralph Barton

Marcel Proust, un homenaje inglés

Marcel Proust, un homenaje inglés, es un libro curioso publicado en Gran Bretaña pocos meses después de la muerte del autor francés, de la que se acaban de cumplir cien años.

El libro es una recopilación de textos de destacados autores británicos de la época convocados por el escritor escocés C. K. Scott Moncrieff, primer traductor al inglés de En busca del tiempo perdido, la gran obra literaria por la que Proust es reconocido literariamente en el mundo entero.

Scott Moncrieff, en las palabras introductorias, apunta que al dar a la imprenta estas páginas no pretendía más que trasladar al público británico una panorámica precisa de la obra y la figura de Proust, alarmado tras leer un obituario que consideró un “salvaje aunque evidentemente sincero ataque” al autor francés.

Virginia Woolf dijo no

Como traductor de la obra de Proust concluyó que tal vez la prensa y el público no tenían una idea muy precisa de quien era el autor fallecido.

Retrato de Miquel Utrillo por Santiago Rusiñol
Retrato de Miquel Utrillo por Santiago Rusiñol. Esta imagen ilustró la edición del libro «La visita» de Fernando Quiñones.

Contactó con numerosos escritores, entre ellos con Virginia Woolf —que se negó a participar aunque no así otros miembros del conocido Círculo de Bloomsbury como el crítico de arte Clive Bell o el escritor Francis Birrell, por ejemplo. Aldous Huxley o E.M. Foster también rehusaron con el mismo argumento de no conocer lo suficientemente su obra, pero no Reginald Turner, perteneciente en su juventud al círculo literario más cercano a Oscar Wilde.

El volúmen se abre con un retrato de Proust escrito por su amigo británico Stephen Hudson (pseudónimo de Sydney Schiff), organizador de la famosa cena celebrada en mayo de 1922 en el Hotel Majestic de Paris en la que se encontraron por primera y última vez James Joyce y Marcel Proust, que murió en noviembre de ese año.

Un encuentro merecedor de una novela, tal vez como La visita que escribiera Fernando Quiñones en la que narra el imaginario encuentro entre un ajado Leopoldo Alas Clarín y un joven Marcel Proust.

Palabra de Conrad

En total fueron 22 autores los que participaron en el volúmen en homenaje a Proust. De todos ellos, el más universalmente reconocido hoy en día es sin duda Joseph Conrad, que escribió el siguiente texto.

Proust como creador
por Joseph Conrad

Con respecto a Marcel Proust, créateur, no creo que se haya escrito mucho sobre él en inglés, y lo que he leído era bastante superficial. He visto cómo era alabado por sus "maravillosos" retratos de la vida de París y de la vida de provincias. Pero eso ya ha sido hecho admirablemente antes, por nosotros, bien por amor, o por odio o por simple ironía. Un crítico fue tan lejos como para decir que el gran arte de Proust alcanza lo universal, y que al representar su propio pasado reproduce para nosotros la experiencia general de la humanidad. Pero yo lo dudo.

Personalmente le admiro por revelar el pasado como nadie lo había hecho antes, por ensanchar, por así decirlo, la experiencia general de la humanidad al hacernos llegar algo que no había sido registrado. Sin embargo, todo esto no tiene mucha importancia. Lo más destacable es que, si hasta ahora teníamos el análisis como aliado del arte creativo, grande en su concepción poética, en observación, o en estilo, el suyo es un arte creativo basado absolutamente en el análisis.

Realmente es más que eso. Como artista ha impulsado el análisis hasta el punto de convertirlo en creativo. Toda esa multitud de personajes en su infinita variedad a través de todas las gradaciones de la escala social está expuesta ante nosotros tan solo por la fuerza del análisis. No digo que Proust no tenga la destreza de la descripción o la caracterización; sino que, tomando un ejemplo de cada extremo de la escala: Francisca, la devota servidora, y el Barón de Charlus, [escribe] un retrato consumado — ¿Cuántas líneas descriptivas podemos encontrar de ellos en el texto completo de tan inmensa obra? Quizás, contando las líneas, media página cada uno. Y sin embargo ninguna persona inteligente dudaría por un momento de la plasticidad y el colorido de su existencia. Uno podría pensar que su método (y Proust no tiene otro, porque el suyo es la expresión de su temperamento) ha sido llevado demasiado lejos, pero en realidad nunca es tedioso. Puede haber aquí y allá entre estas miles de páginas un párrafo que podría pensarse demasiado sutil, un trozo de análisis llevado tan lejos como para quedar en nada. Pero son muy pocos, y todos ejemplos menores. El placer intelectual nunca decae, porque el lector tiene el sentimiento de que está siendo dicha la última palabra sobre un sujeto muy estudiado, sobre el que se ha escrito mucho, y de interés humano—, la última palabra de su tiempo.

Aquellos que han encontrado la belleza en la obra de Proust tienen toda la razón. Está ahí. Lo que me sorprende es su carácter inexplicable. En esa prosa tan llena de vida no hay ensoñación, ni emoción, ni marcada ironía, no la cordialidad de la convicción, ni siquiera un ritmo marcado para encantar nuestro oído. Es atractivo para nuestro sentido de lo maravilloso y se gana nuestro homenaje por su velada grandeza. No creo que haya existido en toda la literatura tal ejemplo del poder del análisis, y estoy bastante seguro al afirmar que nunca habrá otro.

(Traducción al español de Santiago Pérez)

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