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Ben Tarnoff: «Tenemos que encontrar la manera de disminuir el poder de que todo esté basado en el beneficio»

Entrevista realizada para eldiario.es por Carlos del Castillo / cc-by-nc


Con su universo de servicios que se pueden usar sin pagar, el Internet actual camufla muy bien el hecho de que se trata de una infraestructura radicalmente privada, desde su sostén físico a la capa digital. Ben Tarnoff (Washington, 1978) usa habitualmente la metáfora del centro comercial para describirla. Sí, entrar es gratis, pero una vez dentro absolutamente todo está pensado para extraer beneficios de las personas.

Tarnoff defiende que el ánimo de lucro que rige en las empresas que han dado forma a Internet ha terminado por romper la red. El auge de la propaganda de extrema derecha, la pérdida de privacidad o la transformación de los individuos en conjuntos de datos de los que extraer información para venderles cosas son ejemplos de ello. Pero Internet no siempre fue así.

Imagen de Ben Tarnoff
Ben Tarnoff. 📷 Claudia López – DecidimFest

En Internet for the People (Verso), este trabajador de la industria tecnológica y colaborador de varios medios de comunicación cuenta la historia de esa crisis y da una clave para solucionarla: desprivatizar Internet y construir estructuras que gobiernen las personas. “Tenemos que encontrar la manera de disminuir el poder del ánimo de lucro, de reducir el espacio del mercado y de crear modelos de propiedad pública y cooperativa que nos permitan codificar prácticas de control democrático real”, pide en entrevista con elDiario.es Tarnoff, que visitó recientemente Barcelona para participar en el festival de tecnologías democráticas de Decidim, una plataforma de participación digital ciudadana impulsada por el Ayuntamiento de la ciudad y la UE.

En su libro explica que la privatización ha roto Internet. ¿Cómo pasó?

Para entender cómo fue la privatización, tenemos que entender qué era Internet antes de la privatización. Internet fue creada por investigadores militares estadounidenses en la década de 1970 con el fin de proyectar la potencia de cálculo en el extranjero para ayudar a los militares estadounidenses a ganar guerras. Pero no se utilizó con ese propósito, sino que se terminó utilizando para interconectar diferentes redes informáticas propiedad del ejército. Después Internet pasa de manos militares a civiles y queda bajo el control de la Fundación Nacional de la Ciencia, que es una agencia del Gobierno estadounidense encargada de apoyar la investigación.

La privatización era el plan desde el principio. El gobierno de EEUU no tenía intención de gestionar Internet indefinidamente. Sabía que Internet pasaría a manos privadas. La cuestión siempre fue cómo y cuándo. A principios de los años noventa, la Fundación Nacional de la Ciencia decide acelerar el ritmo de la privatización porque la demanda de Internet crece pero la capacidad era bastante limitada. La agencia considera que la única manera de satisfacer el creciente apetito de la gente por conectarse es que Internet pase a manos privadas, lo que a su vez estimularía la inversión.

Así que lo que sucede es una secuencia de eventos que culminan en abril de 1995, momento en el que la Fundación Nacional de la Ciencia pone fin a su columna vertebral, una pieza central de la infraestructura de Internet llamada NSSF Net, que había gestionado hasta ese momento, e Internet, específicamente su infraestructura física, se privatiza.

¿No quedó ningún espacio libre de la privatización?

La privatización en la década de 1990 se produjo sin condiciones. Sin ninguna compensación, sin ningún punto de apoyo federal duradero en la nueva Internet, sin ningún espacio asignado a usos no comerciales, etc. No es porque no hubiera propuestas alternativas a la privatización extrema, sino que la industria de las telecomunicaciones ejerció una influencia muy profunda sobre el proceso. Aseguró una dictadura corporativa total sobre la infraestructura de Internet.

En mi libro, sostengo que la privatización debe verse como un proceso y no como un acontecimiento. 1995 es un punto de inflexión importante en ese proceso pero después la privatización siguió extendiéndose por la capa digital. Ahí tenemos que ver el boom de las puntocom, el aumento de las plataformas, la creación de Google, Facebook y demás como parte de este proceso más largo de la privatización de Internet.

¿Cómo ha afectado esta privatización extrema a la vida de la gente?

Esa es una gran pregunta. Gran parte del libro está dedicado a tratar de entender cuál ha sido el legado de la privatización. Divido mi respuesta en dos partes, que son, a grandes rasgos, las dos capas de Internet. Por un lado la infraestructura física, la maquinaria, los cables que se encargan de mover los paquetes de datos de un lugar a otro. Y luego las llamadas plataformas, las webs, las aplicaciones, el lugar donde experimentamos Internet. Cuando hablamos del legado de la privatización, tenemos que responder a esa pregunta dependiendo de la capa de Internet de la que estemos hablando.

A nivel de infraestructura los contextos nacionales varían mucho, pero en Estados Unidos, el legado de la privatización ha sido desastroso. Estados Unidos tiene uno de los servicios de banda ancha más caros a cambio de uno de los peores conexiones del mundo. Ocupa el puesto 14 en cuanto a velocidad media de Internet, por debajo de Tailandia y Hungría. En 2018, un estudio de Microsoft descubrió que 162 millones de estadounidenses no acceden a Internet a velocidades de banda ancha, lo que supone casi la mitad del país.

Las empresas de telecomunicaciones están todas más o menos en el mismo negocio, pero los modelos de negocio y la composición técnica de la capa digital, los Amazon, Facebook o Uber, son bastante diferentes. Creo que es justo decir que estas plataformas digitales son máquinas de desigualdad. Tienden a concentrar las recompensas en pocas manos y a repartir los peligros ampliamente. Lo hacen de diversas maneras.

Podríamos pensar en una empresa como Uber, que facilita la explotación de los trabajadores y que ha diezmado con éxito lo que antes era una profesión de clase media-baja de la industria del taxi, a la que ha sustituido por una que está compuesta en su mayoría por personas que ganan salarios de pobreza o cercanos a la pobreza. También opera a nivel de nuestro entorno informativo. Así que en el libro exploro las formas en que una empresa como Google o Facebook contribuyen a la proliferación de la propaganda reaccionaria, del fanatismo, del racismo y de otras opresiones.

¿Hay alguna forma de revertirlo a estas alturas? ¿Estamos atrapados en el Internet privatizado?

Nunca estamos verdaderamente atrapados. Es posible revertir esa privatización extrema. Creo que la conversación sobre la reforma tecnológica es bastante interesante. En Europa está un poco más avanzada que en EEUU. En términos generales, hay dos corrientes. Una es la reglamentaria: se basa en que tenemos que redactar nuevas normas sobre cómo pueden operar estas empresas y hacer que cumplan las existentes. El GDPR [Reglamento General de Protección de Datos de la UE] sería un ejemplo de esto. La segunda vertiente de la reforma busca desafiar el poder de mercado de estas empresas leyes antimonopolio y regulaciones como la Directiva de Mercados Digitales aquí en Europa.

En el libro, ofrezco un apoyo crítico a estas dos corrientes de reforma tecnológica. Creo que es evidente que necesitamos una regulación más estricta de estas empresas, y creo que también debemos cuestionar su poder de mercado. Pero, en mi opinión, no conseguiremos una Internet mejor con mercados más competitivos y más regulados porque el problema es el propio mercado. Tenemos que encontrar la manera de disminuir el poder de que todo esté basado en el beneficio, de reducir el espacio del mercado y de crear modelos de propiedad pública y cooperativa que nos permitan codificar prácticas de control democrático real. Y eso suena un poco elevado, pero hay una serie de ejemplos bastante concretos de iniciativas alternativas que ya ponen en práctica estos principios.

(Continúa en la página 2)

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