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Imagen de Cultura abierta

Las barreras a una cultura abierta

Pues sí, son unas cuantas —y bastante difíciles de superar— las barreras que siguen existiendo al acceso a una cultura abierta, en el sentido anglosajón de los términos open culture o open GLAM (acrónimo de Galleries, Libraries. Archives and Museums).

La organización Creative Commons acaba de difundir un documento en el que identifica y señala cuáles son estas barreras, que clasifica en tres categorías principales: las que tienen que ver con el dinero, las relacionadas directamente con las personas y por último, el marco legal.

La reciente y polémica transposición a la legislación española de la Directiva Europea sobre Derechos de Autor ha avivado el debate en alguna medida, sobre todo por el temor a que los algoritmos —no personas, es decir un juez— puedan censurar contenidos reelaborados a partir de obras culturales protegidas por derechos de autor.

Y en esto llegó internet

Sin embargo, el punto de referencia de Creative Commons, una organización sin ánimo de lucro cuyo ámbito de actuación es global y no solo europeo, no ha sido este, sino hacer un balance de la situación diez años después de la publicación de otro documento que fue un aldabonazo en su momento, noviembre de 2011, titulado “La ordeñadora amarilla”.

Aunque el título pueda parecer extraño tiene una curiosa explicación y es muy revelador de lo que implica el término “cultura abierta”.

La ordeñadora es el título de un cuadro de Johannes Vermeer expuesto en el Rijksmuseum de Amsterdam. Durante una prospección en internet el museo descubrió que por la red circulaban más de 10.000 reproducciones digitales de la obra, muchas de ellas de muy mala calidad.

Por supuesto, la obra no se beneficiaba ya de los derechos de explotación de una obra de arte, que actualmente, con algunas excepciones, en la Unión Europea abarca setenta años después de la muerte del creador. Dicho de otro modo, las 10.000 reproducciones del cuadro y su difusión eran legales.

La copia infiel

Como todos los museos del mundo, el Rijkmuseum de Amsterdam tiene una tienda es la que es posible adquirir postales e incluso reproducciones en alta resolución de muchas de las obras de su fondo artístico. El hecho de que una obra esté en dominio público no impide su explotación comercial. Sí impide una explotación comercial en exclusiva por quien la posee físicamente. Es un derecho de todos, por eso pertenece al dominio público.

Image of The milkmaid by Johannes Vermeer
The milkmaid by Johannes Vermeer

Pero este no era el problema. El problema que se encontró el museo es que los visitantes se habían acostumbrado a la miles de veces mal reproducida imagen del cuadro, una copia de tonos amarillentos que poco tenía que ver con el original.

Y claro, los visitantes no se creían que las postales que vendía el museo fueran una fiel reproducción del cuadro. (Un ejemplo más de que una mentira repetida mil veces puede acabar convirtiendose en una verdad aceptada).

En consecuencia, el el Rijksmuseum decidió, como custodio de la obra de Vermeer, tomar cartas en el asunto. ¿Cómo? Poniendo a disposición de los visitantes de su sitio web una reproducción gratuita y reutilizable del cuadro —con las condiciones que el museo consideró pertinente establecer— lo más fiel posible a sus colores originales. Y no solo de este cuadro.

Esta política no soluciona completamente el problema de la fidelidad de las reproducciones que puedan distribuirse en internet, pero sí ofrece una vía para hacerlas fiables y la posibilidad de que el Museo que custodia el original tenga algún control sobre el proceso. Las implicaciones legales son distintas si se trata de obras aún protegidas por derechos de autor en vigor.

Menos de un 1 por ciento

Diez años después del incidente han sido, sin embargo, pocos los que se han adentrado sin ambages por el camino explorado por los holandeses. País, por cierto, que alberga una de las más importantes colecciones de arte digital reutilizable que se conocen: Europeana.

Creative Commons se creó para facilitar este acceso mediante licencias de uso, una suerte de permiso previo de reutilización bajo ciertas condiciones. Este sitio web, a pesar de no estar en dominio público, utiliza una de estas licencias.

Pues bien, según Creative Commons menos del uno por ciento de los GLAMs del mundo tienen un programa claro y sostenible para hacer accesibles y reutilizables sus fondos públicos.

Uno de esos temores es lo que los anglosajones llaman el free-riding. Pongo un ejemplo inventado de free-riding: una persona emplea una reproducción de un cuadro de Van Gogh para estampar camisetas, bolsos o tazones que vende directamente en internet o en tiendas físicas. Lo suelen hacer también algunas editoriales con libros que pasan al dominio público.

Imagen de un cuadro en dominio público
El cuadro se titula La luz del sol en la habitación azul y es de la pintora danesa Anna Ancher, fallecida en 1935, hace más de 85 años por lo que su obra pertenece al dominio público. El cuadro se conserva físicamente en el Museo de Skagen, Dinamarca.

Esto completamente legal puesto que la obra de Van Gogh, o de cualquier otro autor literario, artístico o musical, va a pertenecer en un momento dado al dominio público, pero el museo que custodia la obra cuya reproducción han utilizado suele temer que esto les reste ingresos en sus tiendas. Y también visitantes.

Money, money

Es una de las barreras identificadas por Creative Commmons con la etiqueda “dinero”. No hay presupuesto para acometer una política de digitalización y difusión realmente abierta, para lo que se necesita de forma continuada formación y medios técnicos.

Está tristemente asumido que el presupuesto de cultura de un Gobierno tenga que ser el patito feo cuando vienen mal dadas. E incluso hay GLAMs que deben soportar presiones para rentabilizar económicamente la digitalización de los fondos, dice el documento.

Relacionado con las anteriores está una barrera más sutil pero no menos férrea: las condiciones contractuales impuestas para limitar la difusión de materiales. La letra pequeña, por decirlo así, cuando el trabajo de digitalización se externaliza de la institución.

Clausulas para facilitar que la empresa pueda recuperar la inversión mediante la explotación comercial de un derecho público que es de todos. Una posibilidad admitida en la directiva europea sobre datos abiertos y reutilización de información del sector público.

La opinión de los expertos

Así que hay intentos pero son insuficientes. Algunos son tímidos y miedosos y no solo por esta barrera.

Es triste porque Internet, sostiene Creative Commons, podría proveer un acceso a la cultura más igualitario, más diverso y también contribuir de una forma más pujante a la economía de la cultura.

En palabras de Merete Sanderhoff, experta de la Galería Nacional de Dinamarca:

“Hay mucho más valor en el patrimonio cultural cuando es un recurso abierto. Pero definimos el valor el términos monetarios en lugar de atender otros tipos de valor y de impacto”.

El documento hecho público por esta organización, titulado ¿Cuáles son las barreras a la cultura abierta?, ha sido elaborado consultado a 35 expertos de todo el mundo en la gestión abierta del patrimonio cultural en GLAMs (en español: galerías, bibliotecas públicas, archivos y museos).

El riesgo de la reputación

Con la etiqueta “personas”, Creative Commons ha identificado varias barreras como la falta de formación técnica necesaria, cuando no la ausencia de expertos en tecnología o legislación.

Y un marco mental conservador que tiene auténtica aversión al riesgo. Aquí la barrera es la misma de siempre: Quién decide dar el paso a una estrategia abierta de digitalización y difusión, afirma Medhavi Gabdhi, fundador en India del sitio web The heritage lab dedicado a la difusión del arte y la cultura de su país. India.

Imagen del Rijksmuseum de Amsterdam
El Rijksmuseum de Amsterdam. Foto: Bysmon, CC BY-SA 4.0

Como custodios de un patrimonio de incalculable valor en los GLAMs existe el temor de que se pueda hacer un mal uso de las obras en dominio público y que esto afecte a la imagen de la institución que las conserva y protege.

El ángulo positivo…

Karin Glaseman, coordinadora digital del Museo Nacional de Suecia prefiere pensar en positivo:

“Las licencias cerradas a menudo no protegen realmente del abuso a las colecciones, pero siempre alejarán a las buenas personas que hacen buenas cosas con nuestras colecciones, lo que significa que los educadores y entusiastas se mantendrán al margen de hacer proyectos maravillosos con nuestras colecciones porque no se atreven”

… y la madre de todas las batallas

Adentrarse en el movimiento de la cultura abierta es como pasear por un campo de minas legal. Internet es un escaparate global al que se accede desde cualquier parte del mundo. Pero no hay una legislación mundial armonizada en materia de derechos de autor. Y esto es un quebradero de cabeza para muchoas GLAMs.

Creative Commons considera que la legislación sobre derechos de autor en muchos países está caducada y es compleja.

En Europa, aunque no lo cita expresamente el informe, se ha hecho un intento por armonizar la legislación europea el respecto aunque sea en unos mínimos con la directiva europea sobre los derechos de autor y derechos afines en el mercado único digital.

Foto: Art and doorway de anjan58 (cc by-nc-nd)

Es la normativa que en noviembre fue transpuesta a la legislación española mediante el polémico real decreto citado al comienzo de este texto. (En España, los derechos de autor están vigentes hasta 70 años después de la muerte del creador, 80 si este murió antes de 1987. Esto no varía.)

Pero mientras no haya una armonización global, quienes pretendan trabajar en este ámbito saben de antemano que se meten en un berenjenal que afecta sobre todo a tres cuestiones, según señala Creative Commons: Determinar a quién pertenecen los derechos y durante cuánto tiempo, qué se puede y que no se puede hacer sin un permiso explícito y qué se puede hacer con las obras en dominio público.

¿Una cultura equitativa para todos?

Luego está el segundo muro del copyright, que se levanta aplicando la legislación de derechos de autor a reproducciones de obras de arte, por ejemplo, cuando existen sentencias judiciales que dicen que una reproducción no es un original que pueda beneficiarse de esta legislación.

Jill Cousins, directora del Muso Hunt de Irlanda y la primera directora que tuvo la Fundación Europeana, afirma al respecto en este informe:

“No creo que los museos sean los dueños de sus colecciones, son sus custodios. Están apoyados a menudo por el dinero de los impuestos que pagan sus ciudadanos, por tanto los objetos que están en el dominio público deberían permanecer en el dominio público tanto en su forma analógica como digital”

Como conclusión, Creative Commons subraya que galerías, bibliotecas, archivos y museos están lejos de tener entre sus prioridades que las colecciones estén disponibles abiertamente en la web, sobre todo en el caso de los GLAMs situado en el llamado Sur Global, donde las necesidades son otras. El acceso a la cultura debería ser igual para todos.

Descargar Informe (pdf) ¿Cuáles son las barreras de la cultura abierta? de Creative Commons Foundation.

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