Ramón como muñeco de verbena

Los locos 20 de Ramón

A Ramón Gómez de la Serna los locos años 20 se le quedaron pequeños. Para el escritor madrileño, innovador y vanguardista como correspondía a la época, la década empezó varios años antes y terminó mucho después, abruptamente, a causa de la guerra civil.

Aquel hombre “bohemio, nocturno y libertario”, como lo definió el periodista José María Salaverría, era un baúl de sorpresas. Si hubiera nacido cien años después de cuando lo hizo (en 1888) habría sido una estrella mediática. Ya lo fue en los periódicos y foros de su época.

En romper las costuras del tiempo (de los años 20), Ramón se empeñó desde el primer momento. La creación de la revista Prometeo en 1908 fue su buen punto de partida. Una publicación costeada por su padre, escrita principalmente por él y cuyos suscriptores eran amigos y conocidos. El único suscriptor “voluntario” (sic) se dió de baja porque la revista no llegaba cuando prometía llegar.

La aventura duró cuatro años, pero dejó sentada la idea de que Ramón había nacido para superar pronósticos, prejuicios y costuras; para elevar el ingenio patrio, bastante deprimido por entonces tras llegar a su fin el sueño de la España imperial con la pérdida de las últimas colonias.

Aunque empezó a publicar pronto, siempre se lamentó de que sus libros no le proporcionaran ingreso alguno. Por eso intentó obtenerlos como periodista, buscando ese frágil intangible que hoy llamamos “visibilidad”. Coincidiendo con la publicación de sus primeras greguerías en Prometeo, Ramón empieza su carrera como periodista en La Tribuna de Madrid.

Retrato de Ramón Gómez de la Serna con pipa
Ramón con su inseparable pipa.
Foto: Documentos de Ramón Gómez de la Serna, 1906-1967, SC.1967.04, Archivos y colecciones especiales, Sistema Bibliotecario de la Universidad de Pittsburgh.

“entré en La Tribuna —claro que sin cobrar nada, cosa que había de durar muchos años, pero esa tribuna libre serviría para darme a conocer, empeño largo y lleno de sacrificios entonces, cuando se quería innovar y no hacer el periodismo corriente”.

Automoribundia

Por esa época estaba ya enamorado de otra periodista, Carmen de Burgos “Colombine”, veinte años mayor que él, y con quien compartiría mesa de trabajo y vida personal durante muchos años, relación que su padre intentó quebrar, sin mucho éxito, enviándolo a París.

Su forma de escribir, sus temas, sus preocupaciones, eran una ruptura para los estereotipos literarios de principios del siglo veinte. Nada parecido se había hecho antes. En sus palabras los objetos, muchos de ellos descubiertos en El Rastro, parecían cobrar una nueva vida. Entre el aforismo y la poesía, sus greguerías habrían triunfado en twitter, la red social de los 140 caracteres.

A la vanguardia

Fue contemporáneo de algunos de los autores que en aquellos felices 20 empezaron a publicar las obras por las que luego serían considerados grandes innovadores de la literatura moderna: Joyce, T.S.Eliot, Virginia Woolf, Proust, Faulkner. En el nivel de excelencia de estos nombres estaba entonces Juan Ramón Jiménez, cuyo talento sería premiado años después con el Nobel, que también distinguió a Faulkner y a Eliot.

Ramón, cuya candidatura al Nobel llegó a ser promovida por algunos amigos, ha pasado sin embargo a la historia de forma indiscutible como “el inventor de la célula textual del vanguardismo literario español, la greguería”.

Ilustración para las greguerías de Ramón
Ilustración: Documentos de Ramón Gómez de la Serna, 1906-1967, SC.1967.04, Archivos y colecciones especiales, Sistema Bibliotecario de la Universidad de Pittsburgh.

Esa manera tan particular que tenía de tratar la realidad y sus objetos contribuyeron en buena medida a acrecentar su fama y su vida literaria. Y no solo por los textos que escribía. Aún queda el recuerdo de la famosa Beatriz, una muñeca de cera que encontró en El Rastro y que instaló en su estudio para asombro de quienes le visitaban.

También allí, en su estudio, cuyo techo tenía cubierto de bolas de cristal que simulaban su vía láctea particular, colocó una lápida descubierta por azar, o los restos de una chimenea que encontró en la calle y le pareció un guerrero abandonado que merecía atención y respeto. Dado el frío invernal en Madrid, no cabía esperar cosa distinta del autor.

El farol y la muñeca de cera del estudio de Ramón en los años 20
Fotos: Documentos de Ramón Gómez de la Serna, 1906-1967, SC.1967.04, Archivos y colecciones especiales, Sistema Bibliotecario de la Universidad de Pittsburgh

Curiosas debieron de ser las discusiones en la compañia madrileña del gas cuando pidió que le instalaran un farol dentro de su torreón. Se sentía un escritor de la calle y necesitaba la luz de la calle para inspirarse. Así lo dejó escrito. La compañía, algo absolutamente inverosímil hoy día, accedió. Pero Ramón no tenía cómo encender el famoso farol, hasta que un farolero jubilado le vendió su alargado encededor de pértiga para que el escritor (siempre trabajó de noche) pudiera leer y escribir bajo una luz de gas como la de cualquier calle de Madrid.

Ocurrencias menos inocentes las sufrieron en sus carnes sus amigos, que le querían y admiraban a pesar de peripecias como la helada jornada de enero en la que se citaron todos (treinta personas) en Toledo con la intención de pasar “una noche toledana”.

Es difícil no aguantar la risa imaginando a ese grupo de jóvenes literatos paseando por aquel Toledo gélido de calles desiertas en la madrugada. Aguantaron, como se aguantan ciertas exigencias del amor al arte, hasta primera hora de la mañana. Con las caras azules como el alba tomaron el primer tren que les llevó de regreso a Madrid. “Era la época de la heroicidad por la heroicidad”, escribió al rememorar este episodio en un capítulo pleno de ironía y humor anticongelante de sus memorias.

Una tertulia mítica

Dibujo alusivo al Café Pombo, lugar de reunión de Ramón en los años 20
Dibujo realizado en 1921 por Barradas, alusivo al Café Pombo.
Imagen: Documentos de Ramón Gómez de la Serna, 1906-1967, SC.1967.04, Archivos y colecciones especiales, Sistema Bibliotecario de la Universidad de Pittsburgh.

Apenas quedan las crónicas, varias escritas por él mismo, y las obras de arte, para atestiguar que las tertulias del Café Pombo realmente existieron. Allí reunió cada sábado por la noche a sus amigos fieles y a los curiosos que se incorporaban eventualmente en una de las reuniones literarias de Madrid que han pasado a la historia.

Se discutía de literatura y de la vida, entre viandas, alcoholes y café, con Ramón como perpetuo agitador del lenguaje y sus posibilidades descriptivas y humorísticas.

José Gutiérrez Solana, uno de los habituales de la tertulia, la inmortalizó en un cuadro que el propió Gómez de la Serna donó desde el exilio —a pesar de las estrecheces económicas que padecía en su exilio bonaerense— al Museo de Arte Contemporáneo, cuyos fondos pasarían tiempo después al Centro de Arte Reina Sofía, dónde aún puede contemplarse el cuadro.

Hoy el famoso café-botillería de la calle Carretas ya no existe, tan solo su recuerdo imborrable de aquellos locos 20 del Madrid de Ramón.

Retrato de Ramón por Diego Rivera
Retrato de Ramón por Diego Rivera

En aquel ambiente subterráneo parece ser que germinó lo que él mismo consideró la primera exposición de arte cubista que se organizó en España, capitaneada por cuadros de Diego Rivera, entre ellos un retrato de Gómez de la Serna, y en la que también participa la pintora María Blanchard.

El autor de Ismos siempre estuvo atento a lo que se cocía en la literatura y las artes en Europa en aquel efervescente inicio del siglo veinte. En el 2002 el Reina Sofía montó una exposición en torno a ese libro y a su autor por ser “uno de los introductores de las vanguardias en España”.

Son años intensos no solo en Madrid, sino también en las temporadas que vive en París, Estoril y Nápoles. Años en los que ha publicado ya varios libros en una España que ni compra libros ni los lee:

No será en La Tribuna, sino en El Liberal, periódico importante de Madrid, donde Ramón cobra por primera vez (en 1921, nueve años después de empezar a publicar en prensa) por los artículos que escribe. Entre ellos un espléndido reportaje sobre una visita nocturna al Museo del Prado acompañado de su director, Aureliano de Beruete, hijo del pintor y coleccionista de arte del mismo nombre.

Acrobacias

Pero no todo fueron locuras y felicidad. En 1922 muere su padre a causa de una diabetes. Ramón y sus hermanos ya eran huérfanos de madre. Es entonces cuando venden la casa familiar y el escritor adquiere su famosa torre mirador de la Calle Velázquez 4, hoy también desaparecida.

Es aquí donde solicita instalar su farol callejero, bajo cuya luz escribe con tinta roja y en papel amarillo buena parte de su trabajo periodístico y literario. Y es aquí donde instala en sus librerías placas con el lema “Peligro de muerte” para evitar que amigos y conocidos se lleven sus libros y donde empieza a acumular la infinidad de extravagantes objetos que irá reuniendo a lo largo de su vida.

Pintura Parada de circo de Georges Seurat
Pintura: Parada de circo de Georges Seurat

Aparte de esta afición por las cosas y por buscarles el ángulo inesperado en sus descripciones, Ramón adquiere fama, que le acompañará en sus viajes a otros países, por sus sorprendentes conferencias. Una de ellas, en lo alto de un trapecio, en un homenaje que le hizo el Circo Americano poco después de haber publicado su libro “El circo”.
En aquella intervención decía:

“Así, por primera vez, realizo yo con franqueza lo que muchos oradores hacen sin darse cuenta: columpiarse y estar en el trapecio de la coladura”

Cuando el libro se tradujo al francés, Ramón lo presentó subido a lomos de un elefante. Ambas, la del trapecio y la del paquidermo, poderosas imágenes que podrían equipararse a la corriente “art decó” que se difundió en Europa y Estados Unidos en los años 20 como respuesta a la austeridad provocada por la primera guerra mundial.

Menú imaginario inventado por Ramón
Menú imaginario inventado por Ramón con títulos de sus libros.
Imagen: Documentos de Ramón Gómez de la Serna, 1906-1967, SC.1967.04, Archivos y colecciones especiales, Sistema Bibliotecario de la Universidad de Pittsburgh.

Ramón era capaz de comerse una vela ante un público sorprendido que ignoraba que estaba hecha de confitura, o organizar una “sucursal” de banquete como el que montó en 1923 en el restaurante “El Oro del Rin” de Madrid para que pudieran ir sus amigos menos pudientes.

Lo hizo, para no dejarlos en la estacada, para quienes no podían permitirse asistir ese mismo día a otro banquete, en el famosísimo Lhardy, que le habían organizado algunos amigos como homenaje. Banquetes que eran pagados a escote entre los comensales.

La lista de los asistentes a ambas comidas, que difundió al día siguiente el periódico El sol, es un compendio de buena parte de la literatura española viva de entonces. Además, publicó El sol, “se brindó en italiano, polaco, inglés, gallego, catalán, vasco y castellano”.

Mátame mucho

Famoso como era, no es de extrañar que sufriera un mal que han padecido muchos autores de fama: la muerte anticipada por error de imprenta o del telégrafo o de un plumilla irresponsable. Un telegrama difundió la falsa noticia de su fallecimiento. El escritor guardó en su bolsillo el periódico con su obituario y se fue a un restaurante a celebrar su nueva vida. Entre otras viandas pidió jamón serrano, elevando el “pienso, luego existo” cartesiano a categoría sublime y humorística cuando anotó en su papel amarillo “Me estoy atracando de fiambre; luego no lo soy yo”.

De su ingenio surgió también la idea de empapelar las paredes y el suelo de los estudios en los que vivió de estampas y fotografías de todo tipo. Como si abriese una primitiva cuenta de instagram en la que iba pegando todo lo que le llamaba la atención en la prensa de la época. Un panorama que, confesó, en los momentos difíciles, le animaba a seguir adelante.

El mismo efecto tenían las bolas de cristal de colores que poblaban su techo, sus “estrellas optimistas” como las llamaba.

Pionero en la radio

Portada del libro Greguerías onduladas

Su afán por la innovación hizo de él un pionero literario, pero no solo. En estos felices veinte se convirtió en uno de los primeros periodistas radiofónicos de España en la que entonces se llamaba Unión Radio, antecedente de la actual PRISA Radio.

Ramón llegó a tener un micrófono en su casa desde donde transmitía su programa nocturno entre las diez y las doce y media de la noche, la franja que hoy ocupa el informativo Hora 25 de la Cadena Ser.

Entonces, cuando la radio empezaba a llegar a los hogares españoles, la emisión consistía en un ingenioso monólogo del autor madrileño en el que comentaba las noticias del día.

Su amante, la periodista almeriense Carmen de Burgos, también trabajó como reportera de Unión Radio Madrid, historia que ha publicado este año la periodista Angeles Afuera en el libro “Aquí, Unión Radio. Crónica de la primera cadena española (1925-1939).

Sus famosísimas gregerías ocupaban buena parte de la programación. La editorial Renacimiento las recopiló en 2012 bajo el título “Greguerías onduladas” como muestra, dice la editorial, de su “extraordinaria labor de experimentación estética y literaria ante el micrófono”.

Esencia de verbena

En 1929 probó suerte en el teatro con el estreno de Los medios seres, pero su aventura no prosperó. Fue entre bambalinas de aquella obra cuando vivió otra locura propia de la época, amorosa, al comenzar una relación efímera con la hija de Carmen de Burgos, lo que supuso la separación formal, aunque no total de ambos.

También se interesó por el cine y podemos verle en el documental Esencia de verbena de Ernesto Giménez Caballero. Aunque rodada en 1930 sus imágenes dan una idea de lo que podía ser Madrid en la década recién terminada, incluidas las muchachas bailando el charlestón.

Ramón aparece caracterizado de torero matando a un toro de cartón. Pero su aportación más destacada e hilarante fue aparecer (4’55’’) convertido en muñeco de pim-pam-pum en una barraca de feria, sonrientemente dispuesto a que le arranquen la chistera de un pelotazo lanzado por los espectadores.


El principio del fin

Los locos y felices años veinte de Ramón llegan a su fin. Nada permanece. Todo cambia. También lo hace, abruptamente, la vida del escritor.

Viaja por primera vez a Argentina invitado a ofrecer varias conferencias y allí conoce a la que será su esposa el resto de su vida, Luisa Sofovich. En 1932 muere Carmen de Burgos. Ya la década de los treinta es diferente en España. A partir de 1933 la situación política empieza a ser peor, primero con la insurrección anarquista de enero y con los sucesos de Casas Viejas y al año siguiente con la revolución de Asturias.
Después vendrá el golpe de estado de Franco y el exilio de artistas, escritores, profesores músicos o científicos.

Ramón y Luisa Sofovich
Ramón y Luisa Sofovich en Argentina.
Foto: Documentos de Ramón Gómez de la Serna, 1906-1967, SC.1967.04, Archivos y colecciones especiales, Sistema Bibliotecario de la Universidad de Pittsburgh.


Su marcha definitiva a Argentina supondrá un cambio brutal para Ramón. Las dificultades económicas, el alejamiento de España y el aislamiento de la mayoría de sus amigos reducirán su vida casi exclusivamente a Luisa y a la tinta y el papel con el que siguió escribiendo hasta su muerte.

En 1949 volvió fugazmente a Madrid e incluso reunió por última vez la tertulia del Pombo. Pero, como escribió Felix Grande, “Donde fuiste feliz alguna vez/no debieras volver jamás…”.


Para saber más:

Sitio web dedicado al autor.

Bibliografía de Ramón. Centro documental de literatura iberoamericana Carmen Balcells.

Archivo de Ramón Gómez de la Serna en la Universidad de Pittsburg.

Obras de Ramón en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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