Imagen del cuadro El viñedo rojo de Vincent Van Gogh

Viajar con un cuadro

Que un libro se titule “Arte viajero” es no solo una apelación a la distancia y el sueño del viaje sino también a la historia que lleva tras de sí cada obra de arte. Como esas maletas llenas de etiquetas que se veían el siglo pasado en los camarotes de los barcos y en los vagones de los trenes, cuyos colores diversos y nombres estampados en letras de molde como Shangai, París, Orán, Buenos Aires, lugares que permanecen adheridos a la piel para siempre, las obras de arte tienen también sus propias marcas de tiempo.
Federico García Serrano, acreditado especialista en arte y comunicación, ha reunido algunas de las más interesantes en este libro, cuyo título completo es Robos, expolios y otras anécdotas del arte viajero, un conjunto de pequeñas historias, de “fichas de trazabilidad”, de una veintena de obras de arte que han viajado por el mundo a lo largo de los años y los países, obras que han acumulado en su revés historias dignas de ser llevadas al cine o a la literatura.

Habrá quien se conforme con la anécdota y la historia curiosa, pero observando la forma en que han sido escogidas las obras que comenta y su orden, se podrían deducir algunos rasgos de este libro. El primero es que, a partir de un ramillete de creaciones se puede reconocer un breve y claro panorama de la historia del arte.
Empieza el lector profano a aprender, y comprender, el papel de la iglesia como principal marchante de arte —entonces un elemento clave de la propaganda— hasta el Renacimiento. Fue entonces cuando empezaron a crearse los primeros gabinetes de curiosidades, germen primero de las galerías de arte de los coleccionistas privados.

Vivimos en un tiempo en el que existe una permanente y justa reivindicación del papel de la mujer en la sociedad y en la historia. El universo del arte no asiste indiferente a esa corriente. El debate y las críticas suscitadas cuando recientemente el Museo del Prado trató de hacer un poco de justicia a la representación de las mujeres artistas en sus salas, es más que un ejemplo ilustrador.
Pequeños actos de protesta se han sucedido en España en los últimos meses impulsados por esta reivindicación, como el realizado en la Estación de las Artes del metro de Madrid, dedicada a grandes artistas de la historia, porque habían sido ecogidos para la muestra 31 hombres y dos mujeres. O la protesta hace unos meses de un profesor de arte y sus alumnas en el Museo Picasso de Barcelona por el trato que el genio malagueño dispensó a las mujeres a lo largo de su vida.

Imagen del autorretrato de Sofonisba Anguissola
Autorretrato de Sofonisba Anguissola

García Serrano publicó este libro en 2017. Por supuesto no contiene, no es el propósito de un libro divulgativo como este, una reivindicación explícita del papel de la mujer en la historia del arte. No obstante, el autor sí se pregunta, al hablar de la maravillosa artista Sofonisba Anguissola, ¿dónde están las mujeres? en la historia del arte. Y hace referencia a un dato vergonzante: de los más de mil cien cuadros que cuelgan de las paredes del Museo del Prado sólo tres tienen firma de mujer. Una de ellas, la propia Anguissola, cuya historia y peripecia vital refiere en su libro.
Más allá de este caso particular, y aunque los autores de las obras incluidas en el libro sean hombres, es cierto que alguna de estos cuadros representan historias maravillosas de mujeres en su batalla por un lugar propio en la sociedad. Por ejemplo el de Paulina Bonaparte, de quien incluye un retrato pleno de erotismo y sensualidad firmado por Robert Lefèvre, o el de la escritora George Sand, retratada por Eugene Delacroix junto con su amante Frederic Chopin en un cuadro que acabó dividido en dos para obtener de él mayor rentabilidad.

La mayoría de las pinturas o esculturas que crea un artista son piezas únicas que sabe —excepción hecha de Vincent Van Gogh, que sólo vendió una en toda su vida, El viñedo rojo, cuyo “viaje” está también en este libro— va a vender a otra persona y que, tal vez, no vuelva a contemplar jamás.
Desde el momento en el que salen del taller, empiezan a acumular experiencias, sucesos, propietarios, antojos, accidentes. Muchas de ellas han desaparecido, tal vez en incendios, tal vez en robos inconfesables. De otras se desconoce su paradero y cualquier mañana reaparecen, para asombro de los aficionados y expertos que leen la noticia en los periódicos.
Incluso la autodestrucción puede elevar de una manera considerable el precio de una obra de arte, como sucedió con Niña con globo de Banksy, subastada en Sotheby’s por más de un millón de euros. El suceso imprevisto, la peripecia, la “historia detrás del cuadro”, se convierte en un elemento más de la obra de arte.
Por eso, muchas cotizan al alza con la edad. Conforme acumulan años, acumulan también sucesos y peregrinaciones. Con el paso del tiempo se convierten de algún modo en seres sociales, se escapan de la mano de quien los creó e interactuan con la imaginación de quienes las contemplan. El escritor Óscar Wilde lo intuyó en el maravilloso prólogo a El retrato de Dorian Gray donde escribió que “es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte”.

Imagen del cuadro La Venus del Espejo de Diego Velázquez
La Venus del Espejo de Diego Velázquez

Una de las peripecias más famosas ocurridas a un cuadro la padeció la Venus del espejo de Velázquez. La historia no podía quedar fuera de este libro. Como la mayoría de los aficionados y conocedores saben, el cuadro fue acuchillado en la National Gallery de Londres por la sufragista Mary Richardson como acto de protesta por el arresto de la también sufragista Emmeline Pankhurst. La mujer consideraba que la vida de su compañera era tan hermosa como el cuadro de Velázquez y decidió que un acto como este era la mejor manera de reivindicar su libertad.
El arte y la vida. ¿Quien imita a quién?

Imagen del Retrato del Duque de Wellington por Francisco de Goya

También en la National Gallery de Londres ocurrió uno de los robos más hilarantes de la historia del arte cuando un pensionista se apropió del Retrato del Duque de Wellington de Francisco de Goya apenas dos semanas después de que fuese adquirido por el museo. El hombre —años después se supo que había sido su hijo— tenia un cabreo monumental por el precio que el gobierno británico había pagado por el cuadro mientras que a jubilados como él no les llegaba la pensión para pagar la tasa obligatoria para ver la televisión.


Aunque hay otras historias hilarantes en el relato de García Serrano, también las hay irritantes o tristes como algunas que fueron consecuencia del expolio nazi del arte europeo durante la segunda guerra mundial, un expolio aún no del todo resuelto más de 75 años después de finalizada la guerra.
O historias misteriosas como la del famoso cuadro El matrimonio Arnolfini de Jan Van Eyck, o el caso pendiente —o resuelto solo parcialmente porque no se encontró aún el cuerpo del delito— de la escultura Reclining figure de Henry Moore, historias de obras falsamente atribuidas que acaban en los almacenes del museo, desnudos escondidos en estancias privadas para escapar de la mirada de la inquisición, cuadros desaparecidos que reaparecen en el decorado de un largometraje infantil.
El arte mejora con la edad, con esa vida secreta que va acumulando con los años y viajes. Y cuando se reconoce, no puede menos que reavivar nuestro asombro.

Robos, expolios y otras anécdotas del arte viajero, Federico García Serrano.
Larousse. 2017

Tú dirás

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.